Al menos 70 infantes recorren todas las noches los locales de comida rápida de Maracaibo en busca de restos de comida. La indigencia infantil aumentó drásticamente en la entidad en 2016.

Maracaibo. La escasez de alimentos en los hogares del Zulia choca de frente con la “patria”. La necesidad de alimentarse a costa de lo que sea sacrifica la vergüenza y la seguridad física y psicológica de la generación de relevo. Cualquier bolsa con desechos de comida de algún restaurante de la urbe marabina es un festín para los niños y niñas que se multiplican ante una fuente de comida a la intemperie, aunque esté podrida o rodeada por moscas y gusanos.

Jesús interrumpe la cena de los maracuchos con frecuencia, dice que ese es su “trabajo”. La mano de alguna criatura llama la atención de los comensales con un jalón en la camisa, se extiende y una voz dice: “señor deme pan o regáleme algo para comer”. En los locales de comida rápida de la zona norte este escenario ya es frecuente debido a que se han convertido en una opción para los que piden algo que les calme el hambre. Al menos 70 niños, todos menores de edad, se reúnen desde las 4:00 p. m. frente a los puestos para esperar la clientela. Cuando están llenos, se van a dormir dentro de un cajero automático en la Avenida Bella Vista.

Su nombre completo es Jesús Gregorio Cudis Ollarvidez, tiene 12 años y desde los nueve el pavimento y la caridad de los demás lo sostienen para alimentarse, vestirse y dormir. El adolescente vivía en El Gaitero, un barrio al oeste de Maracaibo. Dice que su madre es “drogadicta y borracha”, por eso “lo sacó” del rancho que compartía con sus ocho hermanos. Traga grueso y comenta: “Mi madre llegaba borracha y comenzaba a pegarme sin yo hacerle nada, hasta que un día me botó”.

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“Podrida no”

El menú de Jesús es variado. Mientras devoraba un pan con sobras de arroz con pollo, contó que desde hace seis meses visita “Franco”, uno de los locales de comida rápida del norte: “Aquí viene mucha gente, por eso vengo”. Sobras de hamburguesas, cachapas, pollo, arroz o trozos de salchicha calman el rugido del estómago en “los días buenos”; se refiere a las quincenas y días festivos —cuando la gente come en la calle— pero los días malos se acuesta sin comer. “Cuando no hay vida, me voy a dormir dentro del cajero, me busco un cartón y con eso me arropo”, relató.

Al amanecer, la historia es otra. Duerme hasta las 6:00 a. m. y se va a McDonald’s, ahí también pide, pero se expone a la maldad: “Cuando los empleados me cachan pidiendo me pegan con un bate o me encierran en el congelador y me dejan horas ahí, yo me pongo a llorar”. Al producirse estos episodios, se hunde en las bolsas negras de basura y busca algo para mitigar el hambre hasta la noche: “Como lo que me consiga, que esté bueno, comida piche no porque me da diarrea”.

En su cartera guarda un número telefónico de su padre que, según comentó, le ha prometido durante dos años sacarlo de la calle: “Lo llamo todos los días y me dice que me va a venir a buscar. Que me va a llevar para Caracas, para la casa de mi otro hermano, pero no viene”.

Con las manos llenas de la grasa de un muslo de pollo a medio terminar, sucio y con la ropa rasgada confesó:

Ya no quiero estar más aquí, señora, yo quiero estudiar, quiero ser doctor para curar a la gente que vive en la calle gratis.

Cifras

Durante la entrevista, 32 niños llegaron al local para pedir comida. Los marabinos ya los conocen, por eso algunos les llevan cena de sus casas. Según cifras extraoficiales, 15 % presenta cuadros infecciosos estomacales por consumir comida descompuesta, además de escabiosis.

Foto: Cheché Díaz



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