Patricia Verastegui, coordinadora pedagógica del Programa Nacional Escuelas de Fe y Alegría, reconoce que no fue fácil sacar adelante el tercer momento escolar en confinamiento. Tuvieron que privilegiar contenidos, agotar estrategias y volver a empezar.

Caracas. Los estudiantes fueron llegando de a pocos. En mayo, dos meses después de la suspensión de actividades presenciales en todos los niveles educativos, en la oficina de Coordinación Pedagógica de Fe y Alegría reportaban que 61 % de los niños, niñas y adolescentes se había incorporado progresivamente. En julio llegaron a 81 %. 

En estos meses, cuenta Patricia Verastegui, coordinadora pedagógica de preescolar y primaria, hicieron un trabajo incansable para lograr esos porcentajes. El monitoreo de la primera semana de la cuarentena les decía que “la brecha tecnológica era muy grande para asumir la modalidad de educación a distancia”

Pegaron las guías de trabajo en las carteleras de las escuelas y en las puertas de las casas de las maestras, también las difundieron por la radio, pidieron ayuda a organismos internacionales y ONG. Priorizaron en sus contenidos la oralidad, escucha, escritura y lectura, procesos lógicos matemáticos y valores. Todavía no consolidan los literales y calificaciones de los estudiantes, pero ya se preparan para enfrentar el año escolar 2020-2021, también a distancia.  

13 de marzo. Suspenden las actividades presenciales. ¿Qué pasó el lunes 16 de marzo en Fe y Alegría? Fueron apenas tres días. 

—Hicimos una reunión del equipo pedagógico nacional para plantearnos el escenario que nos venía. Planificamos inmediatamente la intervención para esos pocos días a través de guías pedagógicas. No sabíamos hasta cuánto se iba a extender esto. Entonces hicimos las guías de trabajo. Para eso tuvimos que priorizar. Ya con la Emergencia Humanitaria Compleja habíamos priorizado esos conocimientos esenciales y competencias fundamentales que teníamos que trabajar para afrontarlo. Con la pandemia volvimos a mirar y a sincerar esos contenidos. Hicimos hincapié también en lo socioemocional. 

Una modalidad nueva para maestros y estudiantes. ¿Realmente hubo tiempo para lograr un método efectivo y adaptarse?

—Yo creo que el beneficio que tenemos es que nosotros hacemos planificaciones y visualizamos escenarios. Después del apagón nacional comenzamos a hacer planificaciones trimestrales previendo que con la situación de Venezuela es difícil planificar a largo plazo. Con la pandemia, nuestras reuniones eran casi todos los días. En la primera semana montamos un sistema de monitoreo para saber cuántos niños realmente teníamos, contar los dejados atrás, los que no se reportaban, ver qué recursos tienen nuestros estudiantes y profesores. 

¿Les resultaron alarmante los resultados de ese monitoreo y pensar en cómo encararlos?

—Cuando vimos el primer avance había una brecha tecnológica muy grande para asumir esta modalidad a distancia. Los docentes, solo 33 % contaba con teléfonos inteligentes; en los estudiantes, 21 %. Entonces pedimos ayuda a las ONG, organismos internacionales. Miramos estrategias y fue cuando pensamos en las emisoras de Fe y Alegría. Muchos no tenían los dispositivos, pero sí radio en casa. Las guías se pegaron en las carteleras de las escuelas, en las puertas de las casas de algunas maestras, y los papás iban semanalmente a copiar. 

Organismos internacionales como Unicef han estado muy presentes. ¿Qué tanto dependen de estas organizaciones para continuar con el proyecto educativo? 

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—Muchísimo. Nosotros nada más tenemos el apoyo del convenio con el Ministerio de Educación, con eso cubrimos solo el sueldo de los docentes. Con lo que cobramos de matrícula podemos medianamente atender gastos de limpieza. Gracias a las alianzas podemos apoyar a nuestros docentes con una medicina, con programas alimentarios. Por eso agradecemos mucho a organismos internacionales, ONG, que siempre brindan el apoyo con diferentes proyectos. Dependemos muchísimo de los aliados. 

Son apoyos que han solicitado en algún momento al Ministerio de Educación. Por ejemplo, en medio de la pandemia, ¿solicitaron dotación de equipos, algunos recursos? 

—Sí, hicimos un comunicado algunas semanas después de iniciar la pandemia contando lo que estábamos haciendo y aprovechamos para solicitarle al Estado que nos apoyaran con recursos tecnológicos para los docentes, aparte de condiciones más dignas. Pero, lamentablemente… si no han recibido los docentes que están en su gobernabilidad, creo que es más difícil que nos doten de ese tipo de recursos. Pero siempre han estado abiertos al diálogo y a escucharnos. 

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Profesores reciben trabajos de los estudiantes en el colegio Alianza ubicado en la parroquia La Vega. Foto referencial: Luis Morillo

En los contextos de emergencia humanitaria y entre tanta miseria en el país, la escuela es un espacio seguro y una tabla de salvación. ¿Lo ha sido durante la pandemia?

—Aparte de atender a los niños académicamente, también nos planteamos un conjunto de mensajes claves para las familias, de coordinación con estrategias para hábitos saludables, actividades, sobre cómo sobrellevar la pandemia. ¿Con qué pudimos? Y esto fue gracias a los aliados: en los centros que tenían programas alimentarios se prepararon bolsas de comida, hicimos convenios con algunas organizaciones para dar un plato servido. Muchos nos apoyaron con medicinas; aquellos que tenían algún requerimiento, se les pudo hacer llegar. 

Casi todo es urgente atender en el sector educativo. ¿Cómo privilegiar entre acceso a la educación, calidad educativa, alimentación, salud mental?

—Es difícil priorizar. Pero sí hicimos mucho hincapié en lo socioemocional, en el cuidado de la persona desde el bienestar físico, cognitivo; tratamos de dar instrucciones, orientaciones para trabajar desde casa. Un niño que carece de un cuidado, bienestar afectivo, que no cuenta con el apoyo en casa es un niño que no aprende. Y si no se alimenta, con la barriguita vacía, creo que no está presto a atender. 

Hicieron una intervención pedagógica donde sinceraron contenidos. ¿Cómo es esto?

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—En lenguaje y comunicación priorizamos las competencias comunicacionales básicas: oralidad, lectura, escucha y escritura. En el desarrollo del pensamiento trabajamos las diferentes operaciones básicas, de la mano con las actividades cotidianas, trabajamos medida de tiempo, de capacidad, de longitud. Y toda la parte de valores nos centramos en la interioridad, espiritualidad, ciudadanía. Es lo que hemos priorizado. 

Una maestra me decía que no podía verificar que su estudiante aprendiera la tabla de multiplicar o que fue él quien hizo la tarea. ¿Aprendieron los estudiantes lo que les tocaba aprender? ¿Cómo están seguros de que aprendieron?

—El proceso de monitoreo que hicimos nos permitió saber qué cantidad de estudiantes estaban siendo evaluados, cómo eran las actividades. Las guías tampoco eran trabajar en conocimiento nuevos en el tercer lapso. En esta priorización fueron conocimientos que ya la maestra había trabajado y algunos nuevos, pero relacionados con la situación que están viviendo. Se previó un proceso de metacognición y reflexión de lo aprendido. Donde el niño pudiera dar cuenta de lo que realmente aprendió y qué cosas se planteaba para mejorar. Estamos a la espera de los reportes de las diferentes zonas para mirar los literales con los que pasaron los estudiantes. Eso nos va a dar una mirada más específica a esa pregunta. 

Vimos a estudiantes sin conexión a Internet, sin teléfonos, sin créditos en sus celulares, sin luz. ¿Cómo se garantiza el acceso a la educación en estas circunstancias? ¿Qué tan cuesta arriba fue?

—Es un desafío. Nos encontramos con esta clase de situaciones. Lo que sí tratamos de hacer con las guías de trabajo es que fuesen apoyadas con material teórico, pensando en esos estudiantes que no tenían el acceso a buscar información en diferentes medios. Teníamos a los docentes atentos a esos niños a quienes se les iba la luz, que no podían recibir las guías, que no podían hacer los trabajos, para poder, en la medida de sus posibilidades, brindar las condiciones. Pero en un contexto tan duro como es difícil, pero no imposible. 

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Foto: Luis Morillo

Y los maestros hicieron lo que pudieron y como pudieron. ¿Quién los cuidó a ellos? ¿Quién pensó en ellos?

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—Nosotros hicimos hincapié en el cuidado al cuidador. Tratamos de que nuestros coordinadores regionales hicieran un acompañamiento a los docentes, que estuvieran al pendiente de cómo estaban, cómo podíamos ayudarles; que brindaran esos espacios de escucha ante problemas que estuvieran pasando. Porque si no se sienten acompañados, emocionalmente no están bien, cómo acompañan a los estudiantes. Fue un trabajo minucioso y un mandato en el cuidado de los docentes.

¿Cuánto tiempo les tomó llegar a ese 81 % de niños, niñas y adolescentes que reportaron en el foro El milagro educativo?

—Ya finalizando junio teníamos 79 % y cerrando la primera semana de julio nuestros reportes nos daban 81 %. El grueso de estudiantes se incorporó en mayo, cuando ya teníamos a 61 % de la población. 

Es decir, los estudiantes se fueron incorporando con el paso de los meses.

—Sí, incluso tuvimos niños que aparecieron en junio cuando estábamos en proceso de evaluación. A ellos se les hizo un plan de nivelación y refuerzo. 

Hay una diferencia entre un estudiante que estuvo activo desde el 16 de marzo y quienes llegaron en mayo o en junio. 

—Teníamos diferentes escenarios: niños activos desde marzo, los que llegaron a la mitad de lo que se propuso hacer en el tercer lapso y los que recién se incorporan. Para estos últimos se hizo un proceso de nivelación: de todas las guías trabajadas, se sacaron los conocimientos esenciales, lo mínimo que debían manejar. Con eso se hizo un proceso de actividades sencillas. Para septiembre tenemos un proceso de nivelación en todos los niveles educativos. Con los resultados que arroje esta  evaluación vamos a saber cuáles son los niños que tienen mayores necesidades para hacer un plan diferenciado.

19 % no fue atendido. Representa un poco más de 20.000 estudiantes. ¿Quiénes eran estos niños, niñas y adolescentes antes de la pandemia? 

—Niños que se inscribieron en un primer momento, que asistieron en el primer lapso y luego no supimos más nada de ellos. Otros se inscribieron, pero ahora están fuera del país, otros ha sido difícil contactarlos por los diferentes medios, los teléfonos no son, la dirección no es. Otros estaban en comunidades muy alejadas. 

¿Quedan fuerzas para el nuevo año escolar?

—Tenemos que recargar pilas. Pero para enfrentar el nuevo año escolar se requiere un proceso de planificación. Ya tenemos un conjunto de escenarios planificados. Sabemos que vamos a volver a un año escolar a distancia. Nos estamos preparando para dar respuesta sobre este escenario, si es semipresencial o si volvemos como antes.


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