Ante playas cerradas en La Guaira y planes vacacionales escasos o de hasta 100 dólares, madres y representantes en Caracas aplican dinámicas hogareñas tras el largo periodo de descanso escolar, derivado de los terremotos de junio. Especialistas destacan que el juego no busca borrar el susto, sino ofrecer un entorno seguro que devuelva la calma a la niñez.
Caracas. El miedo a que la tierra vuelva a temblar no solo interrumpió la rutina escolar en Caracas; también se instaló en las casas, parques y playas que solían ser refugio para la niñez en el periodo vacacional.
Tras el doble sismo del 24 de junio pasado, familias como la de Miranda, de ocho años, enfrentaron un reto doble durante las vacaciones escolares: canalizar la hiperactividad y el temor recurrente de los más pequeños ante la imposibilidad económica de acceder a planes recreativos privados.
Su madre, Alicia, notó que el susto de esa jornada la volvió inquieta y le generó preguntas constantes, además de un profundo temor a permanecer dentro del apartamento donde residen en la capital.
Las salidas habituales a la costa o a la piscina se suspendieron en las primeras semanas debido al miedo a las réplicas, los sismos secundarios de menor magnitud que ocurren en la misma región tras un temblor principal, y al impacto del doblete sísmico en el país.
Para atenuar estas conductas, Alicia, su esposo y la niña viajaron a mediados de agosto a Acarigua, estado Portuguesa, a la vivienda de los abuelos paternos. En esa ciudad, Miranda asistió durante dos semanas a un espacio vecinal que combinó tareas directedas, juegos y dinámicas de apoyo emocional.
De regreso a Caracas, los padres intentaron retomar las visitas al Parque del Este y a centros de recreación cerrados como Ninja Park. Sin embargo, los cambios de comportamiento en la niña persisten a pocos días del regreso a clases.
“En años anteriores ella era muy tranquila, pero ahora está hiperactiva y nerviosa. Todo eso ocurrió después del terremoto. Como padres nos da miedo meterla en cualquier lugar. En Acarigua estuvo con una vecina que daba tareas dirigidas porque era un grupo pequeño, pero aquí en Caracas cuesta canalizar las vacaciones sin que el temor no esté”, dijo a Crónica Uno.

El impacto del estrés
El fundador de Centro Comunitario de Aprendizaje (Cecodap), Fernando Pereira, explicó que el juego es un factor protector ante situaciones de tensión prolongada. La actividad lúdica funciona como una escape frente a los riesgos que aumentan durante las emergencias.
“Cuando esa posibilidad se corta, se eleva la vulnerabilidad en niños y adolescentes a desarrollar cuadros de estrés, ansiedad o conductas que comprometan su integridad”.
Pereira puntualizó que las alternativas recreativas varían según la realidad de cada familia. En campamentos o albergues provisionales, la rutina depende de las actividades diarias organizadas por alcaldías y organizaciones sociales.
En hogares con estabilidad habitacional, se puede diseñar un programa semanal flexible, de lunes a domingo, que ordene las horas de levantarse, la alimentación, la higiene personal y el descanso nocturno. Así se evita que la falta de estructura genere desorden o conflictos en la convivencia.
La psicóloga infantil Skeilly Castellano expuso que el objetivo familiar tras un sismo no debe centrarse en “distraer” a los niños para borrar lo ocurrido. Antes de cambiar de tema, niñas y niños necesitan adultos disponibles que escuchen, validen. Es decir, que reconozcan y acepten sus emociones sin juzgarlas, y contengan su miedo o tristeza.
“La recreación ayuda a recuperar la sensación de normalidad. Pero no se debe obligar al niño a jugar si no lo desea. El esparcimiento debe ser una alternativa y no una imposición para forzar la calma”, aclaró.

La función del juego
Según la psicóloga, no se requiere dinero ni actividades extraordinarias para brindar momentos de disfrute. Dinámicas tradicionales como el palito mantequillero, un juego infantil de búsqueda donde se esconde un objeto pequeño mientras los demás intentan encontrarlo mediante pistas, circuitos con muebles en la sala, adivinanzas o juegos de mesa caseros permiten que los hijos descarguen energía física y compartan tiempo de calidad.
Agregó que las tareas cotidianas del hogar, como cocinar, regar las plantas o bañar a una mascota, también funcionan como espacios compartidos si se realizan con la atención plena de padres, niños y adolescentes.
Para Castellano, no toda conducta reactiva tras un movimiento telúrico exige atención médica o terapéutica. Manifestaciones temporales como preguntas repetitivas, temor a la soledad o alteraciones leves del sueño son respuestas normales ante la pérdida repentina de seguridad.
El costo del esparcimiento
El cierre de las aulas se adelantó al 23 de junio, semanas antes del término regular del calendario escolar previsto para mediados de julio. En Caracas, María Alejandra debió asumir el cuidado a tiempo completo de su hija de siete años, quien cursará segundo grado, mientras cumplía sus jornadas laborales desde casa como madre soltera.
“Los planes vacacionales estaban por encima de 100 dólares la semana y el presupuesto no daba para eso. Me tocó buscar actividades gratuitas y organizar salidas con una vecina”, admitió.
La madre indicó que esta semana acudió con su hija a la ludoteca de Los Palos Grandes y al parque ubicado frente a la Clínica El Ávila. En ambos espacios le permiten recrearse al no poder bajar a La Guaira, la zona costera más cercana a la capital, que siempre solía ser la opción más segura.

La madre también manifiestó preocupación por el aprendizaje de la niña tras la interrupción de las clases. Por ello, le asignó ejercicios de caligrafía y matemática para mantenerla practicando de vez en cuando.
“Siento que mi hija va mal preparada para segundo grado y eso me angustia”.
Frente a esa inquietud, Pereira no recomienda recargar las vacaciones con tareas de refuerzo escolar ni asignaciones complementarias. Pues, este período que culmina en apenas una semana tiene como propósito el descanso físico y psicológico de las obligaciones académicas. Sobrecargar el tiempo libre con exigencias pedagógicas solo incrementa el agotamiento de los estudiantes.

Pantallas sin sedentarismo
Sin embargo, subrayó que, ante el próximo inicio de clases, lo conveniente es comenzar un período de transición. Se deben adecuar progresivamente los horarios a la rutina del nuevo año escolar. Por ejemplo: si se levantan tarde, acostarse más temprano y ajustar los hábitos para facilitar la preparación.
“Si tenemos algunos útiles escolares que podamos ir preparando; el uniforme escolar, si es del año anterior, ver que esté listo; actividades que de alguna manera nos puedan ir permitiendo entrar otra vez en contacto con ese nuevo año escolar que va a comenzar”.
El tiempo prolongado frente a las pantallas representa uno de los mayores desafíos para los padres durante el descanso vacacional. Pereira advirtió que el confinamiento ante teléfonos o videojuegos fomenta el sedentarismo, la falta de actividad física o movimiento corporal, problemas de conducta y el riesgo de acceder a información perjudicial.
“Por eso la importancia de tratar, de acuerdo a las posibilidades y en cada contexto, de que los muchachos puedan realizar algunas actividades de actividad física, de encuentro grupal con otros muchachos, alguna actividad de tipo cultural o el aprendizaje de un instrumento musical, o alguna actividad creativa que les llame la atención y que pueda resultar atrayente”, adujo Pereira.
Por su parte, Castellano considera que la clave no radica en prohibir las pantallas, sino en evitar que se conviertan en la respuesta automática ante el aburrimiento o el llanto.

La psicóloga sugirió emplear la tecnología como soporte para el movimiento o el aprendizaje activo. Esto se logra a través de videos con coreografías o tutoriales de dibujo y manualidades, siempre bajo el acompañamiento y la supervisión de los representantes.
El bienestar de los niños en situaciones de emergencia trasciende el ámbito individual. El acompañamiento de los adultos, sumado a la labor de organizaciones comunitarias y la creación de espacios de esparcimiento seguros, constituye la principal vía de protección frente al estrés infantil.
Para madres, representantes y especilistas, el gran desafío actual consiste en garantizar que cada hogar cuente con los recursos emocionales y cotidianos necesarios para proteger la salud mental de los más vulnerables.

