El psicólogo Héctor Valtierrez señala que la tristeza y la desesperanza son respuestas adaptativas tras un sismo. Conozca las pautas comunitarias fundamentales para detectar señales de riesgo suicida, romper tabúes sobre la salud mental y ofrecer acompañamiento a tiempo en los refugios y campamentos.
Caracas. Superar el impacto de un sismo no solo implica reconstruir viviendas; el verdadero desafío comienza al restaurar la salud mental de la comunidad. A dos meses y medio del doblete sísmico, dos terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5 con epicentros cerca de Catia La Mar, estado La Guaira, las pérdidas materiales, el duelo, proceso emocional ante una pérdida, y la incertidumbre forman parte de la realidad cotidiana.
En los municipios expuestos a la mayor intensidad de los sismos del 24 de junio pasado, más de 712.000 personas habitaban la zona, según la evaluación situacional de emergencia de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
Tras el impacto inicial, esta población enfrenta tanto la pérdida de sus hogares como el agotamiento, el nerviosismo constante, las dificultades para conciliar el sueño y el temor ante cualquier réplica, secuelas psicológicas que se manifiestan con el paso de las semanas.

El psicólogo Héctor Valtierrez Ruiz, coordinador de investigación operativa de la Asociación Mundial de Psicología de Emergencia y directivo de la Red Mundial de Suicidiología, organización especializada en el estudio y prevención del suicidio, explicó que el sufrimiento, la tristeza profunda, el dolor por las pérdidas y la desesperanza inicial son respuestas normales y adaptativas, reacciones naturales del cuerpo y la mente para ajustarse al cambio, ante eventos extraordinarios.
“Sentir tristeza, rabia o confusión es una respuesta esperable ante hechos fuera de lo común, por lo que no todo sufrimiento psicológico deriva en una conducta autolesiva”, recordó el especialista.
A continuación, Crónica Uno expone los principales aspectos a considerar para enfrentar esta situación desde el ámbito comunitario.
1. Toda conducta no es sinónimo de suicidio.
Valtierrez sostuvo que la exposición a una emergencia de gran escala no conduce de manera obligatoria a que las personas presenten ideas autolesivas, pensamientos de hacerse daño a uno mismo. Experimentar tristeza, llanto frecuente, rabia o una sensación transitoria de desesperanza es una respuesta esperable frente a circunstancias destructivas y fuera de lo común.
“El sufrimiento humano tras perder una casa o un empleo no debe clasificarse de inmediato como un trastorno psiquiátrico ni como una conducta de riesgo. Las reacciones emocionales iniciales forman parte de los intentos del individuo por adaptarse a una pérdida repentina de estabilidad”,
aclaró.
La formulación del riesgo es un proceso dinámico, una evaluación que cambia con el tiempo, adujo el ponente. No depende de un solo elemento, sino de la suma entre la historia de vida de la persona, sus pérdidas previas, las condiciones materiales en las que quedó tras el sismo y los recursos emocionales o familiares que tiene disponibles en su entorno.
“No se debe medir la vulnerabilidad de alguien únicamente por el número de bienes que perdió. En el trabajo de campo se observan personas con daños materiales severos que logran apoyarse en su comunidad. Mientras que otros con pérdidas menores experimentan crisis agudas debido a problemas previos o falta de acompañamiento”, advirtió el psicólogo.

2. Cómo entablar una conversación directa sobre el malestar
Romper el silencio no induce al acto. Valtierrez detalló que persiste un temor generalizado entre familiares, voluntarios e incluso personal de salud, quienes evitan usar la palabra suicidio por la creencia de que mencionarla puede sembrar la idea en la persona afectada. Sin embargo, afirma que Valtierrez la evidencia científica y la práctica clínica demuestran lo contrario.
”Formular preguntas directas, como ¿has pensado en quitarte la vida o hacerte daño?, permite abrir un espacio de comunicación seguro para quien guarda pensamientos que no se atreve a compartir por miedo a ser juzgado o incomprendido”, recalcó el especialista.
El psicólogo afirmó que esta conversación debe darse en un tono sereno y empático, mostrando comprensión y poniéndose en el lugar del otro. Preguntar directamente permite conocer si la persona solo tiene ideas vagas de cansancio o si ya cuenta con una intención y una planificación para atentar contra su integridad.
Añadió que indagar sobre estos pensamientos no empeora el cuadro clínico. Al contrario, facilita que el afectado sienta alivio al encontrar a un interlocutor dispuesto a escuchar su malestar sin evasivas. Este factor abre la puerta a una intervención temprana.
3. Lista de comprobación: indicadores de riesgo en la comunidad
Las señales de alerta. En los refugios temporales y en las zonas afectadas, el riesgo suele notarse a través de variaciones notorias en la conducta diaria. El especialista indicó que el aislamiento prolongado, el descuido visible del aseo personal y el abandono de tareas cotidianas son indicadores que requieren atención inmediata.
“Las expresiones verbales asociadas a “querer desaparecer”, “no querer despertar” o sentirse “un estorbo para la familia” son señales que no deben pasarse por alto ni atribuirse únicamente al cansancio por el sismo”.
Otro factor de alerta mencionado por Valtierrez es el aumento en el consumo de alcohol, tabaco o medicamentos sin prescripción médica. Estas conductas muchas veces se utilizan para mitigar el dolor emocional o la falta de descanso.
También conductas atípicas, comportamientos poco habituales, como regalar pertenencias de valor o despedirse de forma inusual de vecinos y seres queridos.

Para el especialista, una sola señal aislada no confirma un cuadro de riesgo grave. Pero la coincidencia de varios de estos comportamientos en una persona que atraviesa duelos recientes obliga a realizar un acercamiento respetuoso para evaluar su estado de ánimo.
4. Qué acciones tomar y qué evitar al acompañar a una persona en crisis
Romper el tabú. El especialista alertó que respuestas cotidianas como “tienes que ser fuerte”; “piensa en tus hijos” o “hay personas que están peor” invalidan la vivencia, restan importancia a las emociones, de quien atraviesa una crisis y aumentan su sensación de soledad.
Estas expresiones transmiten la idea de que sentir dolor o desesperanza es un fallo personal, lo que provoca que el afectado oculte sus pensamientos por miedo al reproche.
“La detección de ideas de muerte exige acordar un plan de seguridad concreto y personalizado. Merece un plan elaborado junto a la persona para identificar con claridad qué situaciones disparan el malestar, qué actividades sencillas le permiten recuperar la calma y a quién puede acudir de inmediato si siente que pierde el control”, enfatizó.

Valtierrez precisó que en albergues temporales o carpas este plan debe adaptarse a la realidad del entorno. Es necesario saber con quién comparte el espacio la persona. También acordar qué familiares o vecinos pueden acompañarla en los momentos de angustia y retirar de su alcance inmediato cualquier objeto, herramienta o sustancia que represente un peligro en caso de una crisis.
Agregó que el personal de apoyo debe verificar que los números telefónicos de emergencia, los ambulatorios, centros médicos locales de atención primaria, o las redes comunitarias incluidas en el plan se encuentren operativos en la zona. De esta forma, se evita que la persona busque auxilio en un momento y encuentre los servicios cerrados o sin capacidad de respuesta, garantizando una vía de ayuda y accesible.

