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Jessica y Roberto encuentran la felicidad en cada animal que rescatan y cuidan en su santuario

Foto: Tairy Gamboa

Las instalaciones de la Fundación Santuario Luna están muy debilitadas y tienen la amenaza de un talud en el terrero. La idea de Jessica y Roberto es mudarse a un espacio en donde los animales estén más cómodos. Para esto tienen una campaña para aceptar donaciones.

Caracas. Cuando Roberto y Jessica abren la puerta del Santuario Luna, lo primero que escuchan es un sinfín de ladridos de perros queriendo saludar. Se acercan, olfatean, mueven sus colas con la mayor rapidez posible. Se paran en dos patas y lanzan cada tanto un lengüetazo. Toda la manada se desespera entre tanto amor para darle a sus cuidadores.

Unos 210 perros y 65 gatos están protegidos por la Fundación Santuario Luna, encabezada por Roberto y Jessica. Aunque muchos viven en las instalaciones del santuario, en el municipio Sucre del estado Miranda, otros están con ellos en su apartamento, o en casa de la mamá de Jessica.

Foto: Tairy Gamboa

Jessica creció amando a los animales. Su mamá y su abuela la enseñaron a respetar a todos los seres vivos, desde una planta hasta a las abejas. Cuando tenía tres años de edad y vivía en Palo Verde, un vecino le dijo a su mamá que había conseguido tres gaticos recién nacidos en un jardín cercano.

—Mira, flaca, lo que encontré. Yo sé que a ti te gustan los gatos —le dijo el vecino a la mamá de Jessica mientras le mostraba a uno de los gaticos.
—No, pero está muy bebé. Necesita a su mamá —le respondió la mamá de Jessica.
—No, es que un carro atropelló a la gata —lamentó el vecino.
—Bueno, vamos —dijo la mamá de Jessica.

Las gaticas tenían entre dos y tres días de recién nacidas, incluso se les veía el cordón umbilical. Se las llevaron para la casa. Jessica se paraba con su mamá cada tres horas para ayudarla a darles tetero o calentarles la botella de agua en el microondas. Desde entonces, esas tres gatas acompañaron a Jessica por 22, 24 y 25 años.

Después llegaron más animales que rescataban de la calle. A veces eran palomas, hámsteres, zamuros o murciélagos, y una veterinaria que era amiga de su mamá las orientaba para cuidar y liberar a los animales en el momento adecuado.

Jessica se mudó a otra zona del municipio Sucre cuando cumplió 14 años de edad. En ese momento, se indignó por supuestas limpiezas que hacía la Alcaldía de Sucre, que en realidad consistían en envenenar a los perros callejeros. Aunque los enfrentó, solo era una adolescente. No la escucharon. Sin embargo, en el edificio sabían que Jessica ayudaba mucho a los animales.

En esa misma residencia vivía Roberto. Sin saberlo, eran el uno para el otro. La familia de Roberto tenía iguanas, perros, loros y demás. Les pareció genial que podían ayudarse entre sí para cuidar a los animales de la zona que a veces veían golpeados, muy flacos o heridos.

Foto: Tairy Gamboa

El primer caso fue Albert, un perro callejero. Una noche el vigilante del edificio llamó a Jessica.

—Catira, baja. Hay un perro muerto en un carro y quiero ver si me ayudas a sacarlo —le dijo el vigilante. 

Jessica bajó preparada con guantes y tapaboca. Al asomarse, notó que el perro le gruñó. Estaba vivo. Como pudo, lo sacó del carro. Estaba muy mal. Unos niños le habían explotado un fosforito en la oreja. Tenía gusanos y estaba muy delgado. La comunidad se organizó y les dieron una habitación en las instalaciones de un polideportivo cercano. Poco a poco les permitieron llevar más perros rescatados y comenzaron a cuidar entre 20 y 30 animales. 

El polideportivo lo compartían con la Misión Deportiva Cubana, quienes se quedaban en un piso de las instalaciones. Roberto contó que en una oportunidad uno de estos hombres llegó borracho y le cayó a batazos a Albert. Cuando lo llevaron al veterinario, tenía el cráneo y costillas fracturadas. Por suerte, luego de una larga recuperación pudieron lograr que viviera. Ya tiene 15 años de edad y sigue siendo el “don juan” de la manada. 

Con el tiempo la Misión Deportiva Cubana se devolvió para su país y la gestión de la Alcaldía para esa época le permitió a Jessica y Roberto que tomaran el sitio. La Fundación Santuario Luna se registró en 2016 y desde ahí empezó una labor legal, pero con muchas responsabilidades.

Foto: Tairy Gamboa

Jessica es higienista dental, cursó Estudios Internacionales en la Universidad Central de Venezuela (UCV), habla tres idiomas y actualmente está estudiando Medicina Veterinaria. Roberto siempre se desempeñó como rescatista de montaña y es asistente veterinario. De igual manera, siempre cuentan con el doctor veterinario Edgar Rojas, quien los asesora y atiende a los animales cuando están muy complicados de salud.

Con la crisis que se vivió en el país en 2017, año en que los desequilibrios de la economía se acentuaron, Roberto y Jessica comenzaron a ver muchísimos perros callejeros. Algunos vecinos tocaban a la puerta para decir que dejaban a su mascota en el santuario porque no tenían cómo comprar la perrarina. Durante esa época tuvieron que renunciar a muchos sueños, como mejorar el área donde tienen a unos 27 gatos, porque la prioridad era alimentar a todos los animales.

Según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi), en el año 2017, el deterioro del sueldo generó que la pobreza por ingresos subiera a 76 %, y a 93 % de las familias más pobres no les rendía el dinero para la alimentación.

El Santuario Luna tiene tres espacios: observación, rehabilitación y en donde están los perros más sanos. No obstante, las instalaciones están muy golpeadas y tienen la amenaza de un talud en el terrero. La idea de Jessica y Roberto es mudarse a un espacio en donde los animales estén más cómodos. Para esto tienen una campaña para aceptar donaciones. La comida, productos y medicinas para cuidar a los perros y gatos también la cubren gracias a ayuda de personas que los contactan por las redes sociales (@santuarioluna en Instagram).

El Santuario Luna es un sitio de amor, respeto y cariño para ellos, afirmó Roberto.

Foto: Tairy Gamboa
Foto: Tairy Gamboa
Una rutina difícil

La jornada comienza bien temprano en casa de Roberto y Jessica, quienes ya tienen 15 años de noviazgo. En la estufa no solo montan el agua para el café, sino que también ponen seis ollas grandes de arroz y proteína que van a darle de comer a los perros en el Santuario Luna, después de la perrarina.

Cuando Roberto y Jessica superan el eufórico saludo de los perros al llegar al santuario, comienzan con el chequeo diario para ver cómo está la manada. Limpian, llenan un tobo grande de agua, les dan comida a los animales, revisan que todos quieran comer con normalidad, lavan los platos, revisan los recipientes donde toman agua y guardan a un grupo para que duerman protegidos.

Todo lo hacen bajo un calor intenso. Por eso, usan ropa cómoda y unos gorros que los protegen de los rayos del sol. Cada paso que van dando, mientras hacen alguna tarea, está acompañado de una caricia a la primera carita que se asoma buscando cariño.

Hola, Mandarina, Balú, ven para acá, Falco, deja la peleadera, dicen sin equivocarse sobre quién es quién en una manada de 210 perros.

Para Jessica, el trabajo es físicamente muy fuerte, pero le gana la satisfacción que siente cuando consiguen una casa para alguno de los perros, o cuando rescatan a un perro muy debilitado y a los meses lo ven lindo, feliz y agradecido. 

Foto: Tairy Gamboa
Foto: Tairy Gamboa
Una adopción segura

Roberto explicó que a través del correo electrónico de Santuario Luna reciben solicitudes de personas que quieren adoptar a perros o gatos. No obstante, en los últimos años trataron de endurecer el protocolo porque muchas veces pasó que individuos se llevaban a los perros y, al tiempo, los devolvían enfermos o desnutridos porque no tenían para comprarles la comida.

Ahora el protocolo consiste en enviar un cuestionario online, luego piden algunos papeles y documentos para asegurarse de que la persona está económicamente estable para hacerse cargo de una mascota, después los invitan a las instalaciones a que conozcan a los perros y les dan una charla. Roberto y Jessica evalúan cómo se comportan los posibles dueños adoptivos con los animales, si la persona tiene tiempo para pasearlo y otros aspectos. Y así, consiguen a los dueños ideales.

En la actualidad el precio de un saco de 20 kilogramos de perrarina puede costar desde 18 dólares, según la marca. Las consultas veterinarias más económicas y solo para control están en unos 5 dólares. Se le van sumando varios gastos que Jessica y Roberto quieren tener la certeza de que los nuevos dueños van a poder cubrir. 

Antes de la pandemia hacían unas jornadas de “cariñoterapia” y varios voluntarios iban los sábados a bañar a los perros y darles amor. A partir del pico de casos de COVID-19, las suspendieron. Esperan retomarlas pronto y, si logran mudarse a un nuevo espacio, tienen pensado algunos proyectos educativos como talleres para enseñarles a las personas el arte de tener una mascota. 

Foto: Tairy Gamboa
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