Al menos 60 personas salen cada semana desde el terminal terrestre de pasajeros de Maracaibo rumbo a Colombia de manera definitiva. Aunque la crisis de servicios públicos es general, han sido los apagones los que han hecho a muchos tomar la decisión de emigrar.

Maracaibo. Vivir en el estado Zulia significa para sus habitantes someterse a una agonía que incluye la crisis económica, la falta de transporte y la dolarización forzosa de los productos de primera necesidad.

Sin embargo, los apagones han sido el factor que ha puesto a prueba la capacidad de aguante de más de uno en el estado petrolero de Venezuela, donde se han producido racionamientos eléctricos de hasta 20 horas diarias durante los últimos cuatro meses.

Delcy Fernández, periodista, de 32 años de edad, madre de Adrián Rojas, de 3 años, y esposa del gaitero Gerardo Rojas, dice que hasta el último momento se había negado a irse del país, pero a medida que la crisis eléctrica se acentuó la idea tomó fuerza en su cabeza.

La falta de electricidad, las malas noches y ver cómo mi hijo sufre y ya ni siquiera puede ir al colegio nos obligaron a tomar la decisión. Un día que se fue la luz, mi bebé me dijo: ‘Mami ya no quiero tomar más agua caliente, ¿no entendéis que quiero agua fría?».

La pareja, que suma un poco más de tres años juntos, ya tiene un destino: Chile. A mediados de año pretenden emprender su camino, «uno nuevo, donde la gente no tenga que comer de la basura, ni los ancianos tengan que carretear agua», dice la comunicadora. «No quiero ver más cómo los niños se mueren porque no hay medicinas o sus padres no pueden comprarlas, quiero que mi hijo tenga otro futuro, no este que al parecer cada vez es peor y no tiene salida».

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Delcy Fernández. Foto: José Núñez

Delcy confesó que su esposo fue el que más tardó en convencerse. «Tengo una tía en Chile que nos va a recibir, pero él no se quería ir. Gerardo es muy regionalista, lleva la gaita en sus venas, su madre cantante, su padre compositor. Haber nacido en este círculo no le permitía ni sospechar la idea de dejar su tierra, pero cuando comenzó lo de la luz él me dijo: ‘Ahora sí nos vamos'».

Para la pequeña familia desde febrero la crisis económica dejó de ser su principal problema. Aunque el sueldo de ambos no alcanzaba, en ese afán de irse, vendieron el carro y el televisor, así juntaron 600 dólares que más tarde invirtieron en ir a Maicao y traer mercancía para vender y retrasaron el viaje. «Pensamos que con las ganancias íbamos a aguantar, pero cómo hacemos con la luz, esa no la podemos comprar. Yo traigo de allá nuestra comida, medicinas, su leche, los pañales, pero la calidad de vida es otra cosa».

Sobreviven

La rutina de la familia Rojas Fernández es un «agotamiento eterno». Entre los dos se las ingenian para que el pequeño Adrián, un niño alegre e inteligente, «no la pase tan mal».

«Gerardo saca la batería del carro y con un invento que hizo pone un bombillo para que yo haga la cena y el desayuno en la madrugada, para que el niño coma y yo aprovecho para arreglar las cosas del colegio», relata.

Familia Rojas Fernández. Foto: José Núñez

«Es difícil porque salimos de aquí sin luz, llego al trabajo y no hay luz ni Internet, llego de nuevo aquí y no hay luz y así pasamos la noche: con calor, ventilando a Adriancito para que no le piquen los zancudos y cuando llega la luz en la madrugada por tres o cuatro horas interrumpimos su sueño para meter el colchón al cuarto. Por supuesto que cuando lo levanto en la mañana para ir al colegio me dice: ‘Mami, déjame otro ratico para disfrutar el aire acondicionado’. Esto no es vida, no es justo para mi hijo», dice.

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Al menos 800 dólares ha gastado la pareja en apostilla, refrendado y sellado de visa, desde el año pasado. Aún falta retirar el pasaporte de Adrián en Caracas y sellar la visa de Gerardo. Recientemente viajaron a Valencia por tierra durante 30 horas para sellar la visa de la periodista.

El viaje es un hecho. «Tengo que confesar que tengo miedo, no conocemos la gente ni la cultura. Es enfrentarnos a una nueva vida».

Se van sin retorno

Alex Vera es chofer de la ruta Maracaibo-Maicao hace más de 20 años. Para él la diáspora se ha acentuado mucho más este año.

«Solo yo saco de Venezuela hasta Colombia más de 60 personas semanalmente que no van a regresar. Se quedan allá aun cuando dejan aquí a su familia. Muchos se despiden, y el carro va en silencio todo el camino, yo solo miro por el retrovisor como hasta los hombres lloran por dejarlo todo. El tema de la luz ha sacado más gente pa’ fuera de lo que el gobierno cree, esto no se aguanta aquí ya».

María Inés Urdaneta, maestra de 35 años de edad, dejó Venezuela el miércoles pasado. Dos maletas y un morral acompañaban su viaje hasta su destino final, Bogotá, Colombia, donde su hermana la esperaba.

No me quería ir, pero necesito trabajar aunque sea para comprarle una planta a mi mamá y mis hijos, para que aguanten hasta que me los pueda llevar. Casi no pude desarrollar mi carrera por lo mismo, esto no es una crisis, esto es un infierno. Me voy con un nudo en la garganta y con mucha angustia en el corazón, pero no puedo ver más a los míos padecer por hambre y ahora por luz».

Rebeca Contreras, de 26 años, ingeniera, no eligió Colombia, se rehúsa a irse del país, pero el jueves, pasadas las 2:00 de la tarde, tomó un bus a Caracas. Ahí vive su abuela.

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«Me voy porque allá no se va la luz. Aquí quedan mis padres, voy a buscar opciones de trabajo porque por el tema eléctrico aquí tampoco hay opciones. Espero llevarme a mis padres pronto, no me gusta la capital, pero es más prometedor que este desastre en lo que convirtieron al Zulia».


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