María González prepara 21 teteros diarios y solo le venden uno o dos potes de leche cada ocho días. Eso también forma parte del espiral de violencia al que está sometida la mujer venezolana.

Mabel Sarmiento Garmendia/@mabelsarmiento

Caracas. “Mis trillizos nacieron a los siete meses y para que vieran la luz fue todo un calvario. Me ruletearon por varios hospitales. Durante 18 horas estuve perdiendo líquido y se me rompieron las membranas. Fue muy doloroso. Todavía no me recupero. Eso fue el 11 de septiembre de 2015. Me movieron todos mis órganos por dentro tanto que me tuvieron que esterilizar, no por la cantidad de niños, sino por lo mal que estaba”.

Eso lo contó María González quien aún dice que le duele hasta la piel. Pero eso ya ni le importa pues no tiene tiempo para ir al ginecólogo, solo para atender a sus niños.

“A veces me provoca pararme en la ventana y gritar, pero pienso y me quedo tranquila. Estoy sola con los bebés y mis otros dos niños de 10 y 9 años de edad, mientras mi esposo busca la plata para la comida”, relató González.

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María prepara 21 teteros al día

En 2015 el Instituto Metropolitano de la Mujer, Inmemujer, registró 17 casos de violencia obstétrica, que se expresa mediante un trato deshumanizado por parte de los profesionales de la salud, relacionados con todo el procedimiento que conlleva un embarazo. Abarca desde el período de gestación hasta el posparto, y, por ende, afecta de manera directa o indirecta el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres.

María no llevó su caso a Inmemujer. Es una de las estadísticas silenciosas y que están envueltas en un espiral social de violencia contra la mujer.

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Vive en el sector El Manguito de la calle real de Carapita. En jeep, desde la estación del Metro Carapita hasta su casa -que está a orillas de la vía-, fácil son 40 minutos de recorrido entre parada y parada.

Debe llevar a los trillizos:Leonel, Leomar y Lismar tres veces a la semana a consultas de rehabilitación con el cardiólogo y el neurólogo.

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Luisiana de 10 años y Lenardo de de 9 acompañan a su mamá cuando lleva a los trillizos al médico

Para que la ayuden, se lleva a Luisiana de 10 años y a Leonardo de 9. Cada uno carga un bebé. Salen a las 5:00 am, hacen la cola y se montan como cualquier mortal del barrio en los jeeps.

“Eso es mentira que como me ven con los bebés me dejan subir. Más bien se molestan cuando me siento adelante. Tengo que llevarme a los otros niños para que me acompañen, pero ellos también son pequeños y pronto no van a poder cargarlos”.

Los dos estudian en la tarde, así que no pierden clases cuando las citas son en la mañana. “El lunes Luisiana tenía una exposición y entonces para que se preparara no fui a llevar a los trillizos a que les pusieran las vacunas”.

Ese es la menor de las penurias que vive María. “Tuve a mis otros dos hijos casi seguido, y no sufrí tanto como ahora. Me venden uno o dos paquetes de pañales a la semana. Lo mismo con el pote de leche. La gente no entiende que son trillizos, llevo las partidas y eso es lo que me permiten porque el sistema lo dice. Incluso si el sábado cuando me toca compro a las 9:00 am y vuelvo el próximo sábado a las 8:00 am sigo bloqueada y no puedo comprar nada. Me siendo agredida, tengo que preparar 21 teteros al día y la leche me dura día y medio”.

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Los pequeños necesitan vitaminas, calcio y medicamentos para que no pierdan peso. Además a uno necesitan hacerle un eco cerebral. “Por eso tengo que ir tan seguido al neurólogo, pero el médico no me atiende a los tres sino que tengo que llevárselos uno por uno. No puedo. Imagínate con quién dejo a los otros dos. Además gasto pasaje y es un trajín salir del barrio. Le dije al doctor que entonces no podía llevarlos más. Lo hice para presionarlo a ver si me ponen las citas juntas, pero nada. Igual sucede con el centro Cania, donde tienen las consultas nutricionales. Tuve que dejar de ir porque me piden que vaya a las charlas sola. Esto no es fácil”.

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El tiempo se le va yendo al hospital y haciendo colas para comprar lo esencial

María cuando estaba con el embarazo pidió ayuda al gobierno del Distrito Capital y le dijeron que ya no las daban. Ahora espera que alguien en los ministerios de Salud y Alimentación, respectivamente, la ayuden con las medicinas, los tratamientos y con las fórmulas.

“Los niños duermen conmigo en la cama, pues la ayuda que pedí al Gobierno del Distrito Capital precisamente eran las cunitas. Pero sigo esperando”.

El 30 de marzo le toca reincorporarse a su trabajo: una fábrica de impermeables ubicada en La Yaguara. Sabe que su estabilidad laboral está en tres y dos, precisamente porque los trillizos necesitan cuidado materno permanente. «Tengo que buscar las vacunas hasta por debajo de las piedras, porque ni eso ahora hay en los ambulatorios. Por eso no puedo dejarlos al cuidado de otras personas», sentenció.

Fotos: Cheche Díaz

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