La película se estrena como un espectáculo visualmente impecable que fortalece el mito del artista, bajo la estricta supervisión de la familia Jackson. A través de la dirección de Antoine Fuqua y una mimesis de Jaafar Jackson, la cinta logra capturar el ascenso y el brillo del genio. Sin embargo, el largometraje evita las zonas de mayor conflicto.
Caracas. El Rey del Pop no ha muerto. A casi 20 años de su partida se estrena finalmente una película biográfica sobre el artista; ese que, desde los años 80 se volvió casi omnipresente en la cotidianidad de la cultura pop.
No había canal de televisión, emisora de radio, periódico o revista que, a partir de esa década, no dedicara tiempo a cubrir tanto un estreno como una excentricidad o un escándalo del artista estadounidense.
Era inevitable encontrarse con su voz, sus maneras y la sugerencia de una vida vista entre el misterio y la morbosidad. Ahora, en 2026, se estrena finalmente Michael. Desde su anuncio con Antoine Fuqua como director, llamó siempre la atención la elección del cineasta, vinculado a producciones de acción y tormentas personales como Día de entrenamiento y la saga El justiciero, ambas con Denzel Washington.
El reto de llevar a la pantalla grande un largometraje sobre Michael Jackson no es cualquier cosa, especialmente en la ficción, pues el cine documental ya ha dado versiones del cantante con diversas rendijas para fijar posición.

Michael es una película bajo control. Todos aquellos que se adentren en esta obra deben saber que cuenta con el respaldo de la familia Jackson; de hecho, es protagonizada por Jaafar Jackson, sobrino del artista.
Es por eso que es una producción que no se aleja de la imagen de estrellato que se tiene del músico, sin dejar de subrayar el papel tiránico del padre, interpretado por Colman Domingo —un actor dispuesto siempre a dar muchos más matices a sus personajes, aunque esta vez en un rol más plano, pero no por ello deleznable—. Eso sí, es un trabajo actoral acoplado a unas formas que se mantienen durante todo el metraje: personajes que se quedan en el mismo lugar, sin mayor cambio en su desarrollo, todo en función del brillo del protagonista.
La película funciona muy bien en su objetivo de exclamar el fenómeno de Michael Jackson. Es una historia que fortalece el mito del genio de una manera entretenida y clara. Y a pesar de su intención exaltadora, el guion tiene momentos clave para asomar la tragedia que vendrá, pero que todavía no se expone en este universo planteado.
Por ejemplo, sugiere hábilmente cómo morirá cuando sufre quemaduras durante la grabación de un comercial, accidente por el cual, por primera vez, le administran analgésicos. Hay otro momento fundamental en el que Michael muestra su afición por Peter Pan y, mientras señala en un libro al personaje, también hace referencia a la sombra de esa figura; una manera de susurrar que todo protagonista tiene su lado oculto.

Son elementos de un discurso necesarios para sugerir lo que no está desarrollado en un largometraje que tiene, entre sus fortalezas, la interpretación de Jaafar, quien logra que por momentos uno crea ver a su tío en la gran pantalla. Y no se trata solo de un tema de maquillaje, sino de su manejo de la puesta en escena, especialmente el baile y cada mínimo ademán.
Como es costumbre, la obra recrea a la perfección momentos icónicos de la vida del cantante, especialmente aquellos fijados en la cultura pop, como el video de Thriller o presentaciones legendarias.
Por su parte, el director deja a un lado el pulso fuerte que lo caracteriza para trabajar con seda una biografía de un emblema de la cultura occidental. De hecho, el manejo de la duda en sus historias acá apenas se expone a favor del mito.
Michael culmina en 1988 con el lanzamiento de Bad, un cierre de un tercer acto que parece más un videoclip estirado debido a la obligación de volver a filmar esa parte por la imposibilidad de tratar el tema de las acusaciones de abuso —especialmente lo relacionado con Jordan Chandler—, como inicialmente estaba planeado. Hay un acuerdo que prohíbe que este caso sea llevado a la pantalla, según han indicado algunos medios.
Ahora bien, apartando el afán de ver toda una vida con sus caídas y levantamientos, es acertado usar para una primera entrega cómo fue el ascenso de la figura. Michael es un espectáculo de principio a fin que evoca con creces al artista.
Quedará para el misterio de lo venidero si habrá una profundización del personaje en sus heridas y costuras. Y no se trata de alimentar morbos, sino de una tradición de tratar a los protagonistas en un viaje de incertidumbre que es toda vida con matices atinados.

