La mamá de Roberto comenzó a tener síntomas de una gripe común. Luego, su papá y la nana comentaron que tenían un fuerte dolor de cabeza. Los síntomas fueron avanzando hasta confirmar que era coronavirus. Los tres eran personas de la tercera edad y no pudieron superar la enfermedad pese al esfuerzo de sus hijos.

Caracas. Cuando Roberto* entró a casa de sus padres y se sentó frente a la mesa de la computadora, de forma inevitable, se le “aguó el guarapo”. Con el ajetreo y el impacto por todo lo que pasó, no le había quedado tiempo para enfrentar los recuerdos. La COVID-19 le pegó duro a su familia.

María Eugenia*, a sus 68 años de edad, era una mujer sana. Solo tomaba unos medicamentos para la tiroides. Trabajaba como directora en un preescolar. Vivía en el municipio El Hatillo junto a su esposo, Juan*, un ingeniero retirado de 75 años de edad; Josefina*, una señora de 85 años que tenía toda la vida trabajando en ese apartamento y que llamaban “nana”; y con su hermana Lilian*, que se estaba quedando ahí desde diciembre.

Juan y María Eugenia tuvieron tres hijos. Roberto, el del medio, vive en la misma residencia de sus padres. La hija mayor, Eloísa*, vive cerca y la menor, Christina*, emigró a Argentina hace un par de años.

Un viernes de marzo comenzó todo. María Eugenia sintió una congestión parecida a la de la gripe común. Pasaron los días y seguían los síntomas, además de que tenía mucho frío. Así pasaron tres días más, hasta que Juan y Josefina dijeron que tenían un fuerte dolor de cabeza.

Christina mandó un mensaje diciendo que debían hacerse la prueba para descartar que fuera COVID-19. Llamaron a un laboratorio privado que tenía el servicio de tomar muestras a domicilio, pese a sus altos costos.

Los test de despistaje bajo el servicio público y gratuito son muy difíciles de conseguir. En algunos Centros de Diagnóstico Integral (CDI) en Caracas hacen la prueba rápida durante las primeras horas de la mañana, pero ponen como condición que si una persona da positivo debe aislarse en un hotel sanitario u hospital centinela. Esto genera miedo y rechazo por parte de la población por las condiciones de infraestructura y atención en la que están estos espacios.

Prefirieron hacerlo en el laboratorio privado. Los cuatro que vivían en la misma casa dieron positivo, incluyendo Lilian, aunque ella estaba asintomática. Ese mismo día contactaron a un doctor que había tratado a un familiar con COVID-19 y que tiene experiencia trabajando con pacientes infectados en el Hospital Domingo Luciani, en El Llanito, y en la clínica Santa Paula y La Floresta.

Lee también
Muchos optan por rifar lo que sea con tal de recaudar dinero para afrontar la COVID-19

Christina le dijo a sus hermanos que quería ver a sus papás y a la nana. Roberto le insistió en que más bien se quedara tranquila y mejor guardara ese dinero para que los viera cuando se recuperaran. Ella insistió y compró un boleto para Venezuela.

pediátrico Elías Toro
Foto: Tairy Gamboa

***

El médico iba hasta el apartamento en El Hatillo durante las noches para ponerle tratamiento a los tres pacientes y les pidió unos exámenes de sangre y una placa de tórax.

Todos salieron relativamente bien en los exámenes, pero el doctor se enfocó mucho en María Eugenia porque tenía la saturación de oxígeno en 70, cuando lo normal es entre 95 % y 100 %, y fue necesario conseguir una bombona de oxígeno.

En eso, con el tratamiento y el oxígeno, María Eugenia parecía estar próxima a que la dieran de alta, en su propia casa, porque todos sus niveles estaban mejorando, pero se sentía muy débil. Tenía momentos con mal humor. Duró días sin comer y después recuperó el apetito.

Sin embargo, el médico le decía a los hermanos que no se hicieran falsas ilusiones porque el cuadro de su madre seguía siendo complicado y, a veces, los pacientes parecen recuperarse y en eso caen en picada.

En efecto, en un abrir y cerrar de ojos, María Eugenia falleció.

Murió a las 4:30 a. m. luego de 28 días de haberse contagiado. Llamaron al médico para que hiciera el informe y lo llevaron al día siguiente al ambulatorio de El Hatillo y, ahí, les entregaron el acta de defunción. Luego, a eso de las 7:00 a. m., Roberto y su cuñado fueron al Cementerio del Este para hacer todo el proceso administrativo y pagar la cremación, de unos 500 dólares.

A las 4:00 p. m. fue una furgoneta del cementerio a buscar el cuerpo de María Eugenia, que estaba en el apartamento. Ella era la número dos de 18 cadáveres que debían buscar ese día de personas que habían fallecido por COVID-19.

Las cifras oficiales dadas por la administración de Nicolás Maduro no coinciden con este número de fallecidos que contó Roberto. Según los reportes diarios y con el aumento de casos de COVID-19 en el país en las últimas semanas a raíz de la llegada de la variante P.1, los números están entre los 12 y 15 fallecidos a escala nacional, para acumular un total de 1705 decesos reconocidos por el gobierno venezolano.

Según datos obtenidos por El Pitazo, en el Cementerio del Este de Caracas está cremando un promedio de 35 cadáveres diarios por COVID-19.

 ***

Lee también
Desaparecida funcionaria policial de Aragua tras ser diagnosticada con COVID-19

Durante los días en que María Eugenia parecía haber mejorado, Juan y Josefina hicieron lo contrario. Empeoraron.

La alarma se encendió cuando Juan amaneció un lunes con la saturación de oxígeno en menos de 60. La nana, en cambio, estaba dependiente de oxígeno desde casa, pero permanecía más estable.

Roberto fue hasta el apartamento para buscar a su papá porque era necesario llevarlo a un centro médico. Fueron a la clínica Santa Paula, para aprovechar que el médico que los estaba atendiendo trabaja ahí, pero les dijeron que la terapia intensiva estaba full y, aunque había camas para cuidados intermedios, si se complicaba no iban a poder asistirlo. Así que consiguieron un cupo en la clínica Atías, en la avenida Roosevelt.

Los gastos eran abrumadores. Entre exámenes, el test de despistaje y las medicinas tuvieron que pagar unos 6000 dólares. Luego, se sumaron los honorarios del médico y la enfermera que iban hasta la casa, de unos 5000 dólares; la hospitalización de Juan de 20.000 dólares, el alquiler de las bombonas de oxígeno de 800 dólares y un gasto en ambulancia por 350 dólares. No tuvieron más opción que abrir una campaña de GoFundMe y gastar todos los ahorros que tenían.

Con la atención médica en la clínica, Juan comenzó a mejorar. En esos días, no supo que su esposa había muerto. La nana comenzó a recibir tratamiento y, a los hermanos, les comenzó a costar mucho conseguir medicamentos como el remdesivir porque estaba agotado o muy caro.

La escasez del remdesivir en las cadenas de farmacias privadas se ha hecho más fuerte con el aumento de los casos de COVID-19 en el país, que hasta este 7 de abril acumulaba 14.461 casos activos. Los precios pueden variar entre 120 y 150 dólares por ampolla. Además, muchas personas han sido víctimas de estafas por individuos que dicen disponer del antiviral por las redes sociales.

Cuando se le hizo una segunda placa de tórax a la nana, se dieron cuenta de que sus pulmones estaban muy debilitados. Los médicos decían que no podían intubarla porque era una señora mayor y existía cierto riesgo de que no volviera a despertar. Decidieron aferrarse a la fe y pedirle a Dios para que ella pudiera superar el virus en casa. A pesar de su situación de salud, la nana comía y hablaba con cierta fluidez por videollamada.

rayos X COVID-19

No valía la pena hospitalizarla porque iba a estar sola, pensó Roberto. Y es que hablando con los médicos entendió que lo más difícil de las personas que están hospitalizadas con COVID-19 es que están solos y que la mente se inunda de pensamientos negativos.

Lee también
Globos tricolor y cohetes adornaron el cielo caraqueño para celebrar al beato

Juan falleció en la clínica un viernes a las 4:00 p. m. y, ese mismo día, a las 7:00 p. m. murió la nana. Fue un golpe duro para la familia.

Esa noche no pudieron hacer mucho. El médico fue hasta el apartamento para hacer el informe de la nana, pero el ambulatorio se había quedado sin actas de defunción y les dijeron que fueran al amanecer. Como Josefina no tenía familiares cercanos, entonces no les querían permitir cremar el cuerpo, sino enterrarla. El problema es que la cremación costaba 500 dólares versus 6000 dólares del entierro.

Como pudieron, y con la ayuda de conocidos, demostraron que la nana no tenía familiares cercanos. Todo el proceso fue tan lento que la buscaron a las 2:00 a. m. del sábado.

Mientras tanto, el cuerpo de Juan seguía en la clínica. No lo habían buscado porque el personal del cementerio le estaba dando prioridad a los fallecidos por COVID-19 en casa.

Falleció el viernes y lo buscaron el lunes, lamentó Roberto.

covid-19
Foto referencial

***

Ha sido difícil para esa familia enfrentar los recuerdos al volver al apartamento de sus padres. Aunque Roberto ha ido varias veces para que desinfecten el espacio, se le aguó el guarapo cuando se sentó frente a la mesa de la computadora.

Su tía Lilian le dijo que es difícil para ella estar en esa casa y ver la taza de Juan o el vaso que siempre usaba María Eugenia.

La hija mayor le dijo a Roberto que todavía no está preparada para ir al apartamento. Su relación era más frecuente con sus padres porque los visitaba mucho e, incluso, su hijo mayor solo comía la carne molida que hacía la nana.

La hermana menor ha tratado de salir adelante más rápido, pero todavía tiene miedo de entrar a ese lugar donde vivieron tantas cosas. Aunque pudo venir a Venezuela, nunca logró ver a sus papás. Solo acompañó a sus hermanos en el duro proceso de decir adiós.

María Eugenia, Juan y Josefina nunca supieron de la muerte del otro. Sus hijos hicieron todo lo posible por tratar de salvarles la vida. Hoy los recuerdan con un inmenso amor.

*Los nombres son ficticios a petición de los testimonios.

Foto: Tairy Gamboa


Participa en la conversación