El doble sismo del 24 de junio transformó a La Guaira en un escenario de ruinas y duelo con más de 2.200 fallecidos. A nueve días de la tragedia, las labores de rescate empezaron a cesar definitivamente para dar paso a la dolorosa y urgente recuperación de cuerpos atrapados.
Catia La Mar. Con 189 edificios completamente colapsados y más de 5000 heridos, el doble terremoto del 24 de junio pasado ha transformado la rutina costera de La Guaira en un escenario de ruinas y duelo.
Nueve días después de la catástrofe que segó la vida de más de 2000 personas, precisando de forma preliminar 2295 fallecidos y una cifra de desaparecidos que proyecciones de la Organización de Naciones Unidas (ONU) ubican en alrededor de 50.000, los equipos de socorro y los familiares de las víctimas se debaten entre el escepticismo de hallar vida y la urgencia sanitaria de retirar los cadáveres atrapados.
La magnitud del desastre, estimado por la ONU en 6700 millones de dólares en daños con al menos 855 estructuras afectadas, ha superado la capacidad operativa en una región donde el conteo de víctimas ha dejado paso a la identificación de rostros y nombres pegados en las paredes.
Basta una ráfaga de viento que atraviese Playa Grande, o las residencias de la Gran Misión Vivienda Venezuela, el programa estatal de urbanismos públicos construidos por el gobierno, para comprender que la emergencia entró en una etapa mucho más dolorosa: la recuperación de cadáveres.
En el litoral los números dejaron de tener sentido hace horas. La tragedia ahora tiene zapatos infantiles asomando entre los escombros y familiares que permanecen sentados frente a edificios destruidos a la espera de que alguien les entregue un cuerpo para poder comenzar el duelo contenido.
Con el paso de los días, médicos, bomberos y rescatistas observan con creciente escepticismo la posibilidad de encontrar sobrevivientes. Aun así, nadie abandona las labores, al menos hasta esta publicación, en algunos de los edificios derruidos.

Nada que hacer
Las máquinas, aunque cada vez menos, continúan removiendo concreto desde el amanecer hasta que cae la noche, cuando la oscuridad obliga a detener buena parte de las operaciones y el silencio vuelve a apoderarse de una ciudad donde la rutina transcurría entre playas, comercios y edificios llenos de vida.
Karen Figuera, médico de Valencia, estado Carabobo, lo vivió en carne propia. Viajó con una comisión y, para las 2:00 a. m., ya pisaba Tanaguarenas, una localidad al este de La Guaira, situada a solo 21 kilómetros del Aeropuerto Arturo Michelena, desde donde partió.
Para ella fue desolador cuando escuchó a los rescatistas extranjeros decir “aquí ya no hay nada que hacer, los sonares y la maquinaria térmica no detectan rastros de vida”.
Figuera conforma el equipo de médicos enviados a La Guaira por una clínica privada de Valencia, y explica que es frustrante asimilar la falta de opciones al momento de llegar.

Los médicos revisan medicinas ordenan ropa y se dividen en compañía de rescatistas para ir a zonas del desastre a tratar de hacer algo, pero el escenario de mortalidad se vuelve predominante y esto genera preocupación en los médicos.
“A veces sentimos que ya no hacemos nada aquí”,
dice una pediatra con tono de decepción.

Entre llantos y escombros
Mientras tanto, ese silencio se rompe en Playa Grande. Desde una montaña de escombros descienden lentamente varios rescatistas vestidos con trajes desechables de bioseguridad color azul, indumentaria plástica especial para prevenir riesgos biológicos y sanitarios. Caminan despacio. Entre todos cargan una bolsa negra.
Antes de que lleguen al final del improvisado sendero, una mujer comienza a gritar. Llora, se arrodilla, vuelve a levantarse y golpea el aire con los puños cerrados. Durante varios días se aferró a la esperanza de que su esposo apareciera con vida. Ahora entiende que la espera terminó.

A pocos metros, otros rescatistas mantienen la remoción de escombros. La escena apenas interrumpe por unos minutos un trabajo que se ha vuelto rutinario. En La Guaira el dolor ya no detiene las operaciones.
José Manuel Díaz no lleva uniforme de rescate. Es funcionario público, pero desde el terremoto nadie lo ha visto ejercer otro oficio que no sea remover piedras. Tiene las manos llenas de tierra, los zapatos cubiertos por polvo gris y la mirada fija sobre las ruinas de las residencias Luisa Cáceres de Arismendi, uno de los conjuntos habitacionales más golpeados por el sismo en Playa Grande, donde el colapso de una de sus cuatro torres sepultó un área común del complejo.
Allí permanece su hijo. Brayner tenía ocho años. Aquella tarde jugaba baloncesto con otros niños cuando la tierra comenzó a sacudirse. Algunos vecinos recuerdan haberlo visto correr hacia la salida, pero el edificio colapsó antes de que pudiera alcanzar la calle.
Búsqueda sin fin
José Manuel no estaba en Playa Grande. Había viajado a Caracas por trabajo y el colapso de las comunicaciones, una interrupción total de las redes telefónicas y de internet provocada por el sismo, le impidió enterarse de inmediato de la tragedia.
Durante horas intentó comunicarse con su familia sin éxito. No fue sino hasta la una de la madrugada cuando un mensaje de WhatsApp atravesó la pantalla de su teléfono.
Desde entonces no ha vuelto a separarse del edificio. Mientras habla, la estructura parece sostenerse únicamente por costumbre. Una parte del complejo residencial colapsó completamente y otra permanece inclinada hacia el oeste con una fragilidad que inquieta incluso a los ingenieros.

José Manuel observa ese escenario con una serenidad difícil de explicar. “Me entregué a Dios”, resume sin apartar la vista de los escombros. Su esposa había salido a comprar comida cuando comenzó el terremoto. Apenas sintió el movimiento corrió desesperada hacia la cancha para buscar a Brayner.
Cuando llegó, el edificio ya estaba encima de él. Durante los primeros días el padre colaboró buscando sobrevivientes. Después ayudó a recuperar cadáveres de otros vecinos de Playa Grande. Ahora solo espera encontrar el de su hijo.
“Ya son muchos días. Uno entiende la realidad”.

La ciudad que duerme frente a sus ruinas
El olor alrededor del edificio Luisa Cáceres de Arismendi es permanente. Los rescatistas aplican alcohol en pequeños pañuelos. José Manuel confiesa que el dolor propio termina siendo pequeño cuando mira alrededor.
“Yo perdí un hijo, pero aquí hay familias que perdieron cuatro personas. Eso no tiene nombre”.

Recuerda que siempre enseñó a Brayner qué debía hacer durante un terremoto. Le explicó dónde protegerse y cómo reaccionar. Después guarda silencio.
Cuando oscurece, La Guaira cambia otra vez de rostro. En el complejo Hugo Chávez, construido dentro de la Gran Misión Vivienda Venezuela, decenas de personas pasan la noche mirando edificios donde todavía hay cuerpos atrapados.
“Saquen a esa gente de ahí. Ya huelen mal. No es justo”, grita una mujer que prefiere no revelar su nombre.

Los nombres escritos sobre el concreto
En muchas paredes comenzaron a aparecer anotaciones hechas con marcadores negros. No son grafitis. Son mapas del dolor. En una columna alguien escribió “Yubisay”. Debajo aparece otra inscripción: “Mi hermana”.

Los rescatistas explican que la mujer tenía 72 años. Murió junto a una nieta de 17 que continúa atrapada bajo una enorme viga de concreto. La maquinaria disponible todavía no permite retirarla sin provocar un nuevo colapso.

Las anotaciones en marcador negro sobre el concreto de Playa Grande terminarán borrándose con el sol caribeño, pero la cicatriz social del 24 de junio será permanente.
La Guaira duerme hoy frente a sus ruinas bajo un silencio denso, interrumpido únicamente por las plantas eléctricas de los rescatistas. Allí, entre fachadas expuestas y camiones forenses vacíos, la muerte ha impuesto una rutina burocrática y fría, donde la dignidad del último adiós se ha convertido en el recurso más escaso de la catástrofe.
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