El doble terremoto de magnitud 7.2 y 7.5 ocurrido en Venezuela el 24 de junio pasado afectó 12 edificaciones en el kilómetro 23 de El Junquito, en Caracas. Mientras los vecinos asimilan las pérdidas, las autoridades evalúan las estructuras de la zona ante el riesgo inminente de desplome.
Caracas. El colapso de infraestructuras y la tardía activación de los rebasados protocolos de emergencia nacional marcan las horas posteriores al doble evento telúrico que sacudió el norte de Venezuela la tarde del 24 de junio pasado. Con un saldo que ya registra 920 víctimas mortales, hasta esta publicación, las labores de rescate a contrarreloj se concentran ahora en zonas críticas como el kilómetro 23 de El Junquito.
Allí, las comisiones técnicas evalúan los daños de un terreno inestable tras el desplome de un edificio de cinco pisos y el impacto en otras 12 edificaciones, mientras los sobrevivientes enfrentan las secuelas psicológicas y materiales de un desastre que se cobró vidas en cuestión de segundos.
En este sector de la periferia de Caracas, una zona montañosa caracterizada por terrenos inestables y construcciones densas, la violencia del movimiento telúrico obligó a la comunidad a activarse en un esfuerzo desesperado de rescate vecinal antes de la llegada de las comisiones oficiales.
Mientras la nación registra decenas de réplicas, que son movimientos sísmicos de menor intensidad que ocurren tras el temblor principal debido al reajuste de la corteza terrestre, las miradas se centran en las historias de quienes lograron salir de las ruinas.
“Yo pensé que no iba a salir viva. Es un milagro de Dios, mi familia y yo”, manifestó a Crónica Uno Carmen Angaritas, de 53 años. Ella es una de las sobrevivientes de un edificio de cinco pisos que se desplomó en el pueblo de El Junquito, a la altura del kilómetro 23, tras los sismos de magnitud 7.2 y 7.5 del pasado 24 de junio.
Este doblete sísmico de magnitudes 7.2 y 7.5 en la escala de Richter, un sistema de medición logarítmica que evalúa la energía liberada por el movimiento de las placas tectónicas, registró apenas 39 segundos de diferencia entre ambos epicentros.
Perderlo todo
El último piso cedió y la familia sintió que caía al vacío. Cuando el movimiento paró, el escenario era de destrucción: su esposo estaba atrapado en un cuarto con ventana hacia la calle, ella permanecía bajo los escombros con una pared apoyada en su espalda y su hijo, Yoandris Colina, de 30 años, tenía la cabeza aprisionada por una viga.
Colina logró salir primero y gritó para pedir ayuda a los vecinos de la zona. Gracias a los habitantes, los tres miembros de la familia salieron con vida de la edificación colapsada, aunque no pudieron salvar ninguno de sus bienes.
”Fue muy horrible. Yo sentía que no iba a salir, mi esposo es paciente renal, es muy difícil perderlo todo. Esta ropa que cargo puesta tengo dos días con ella, pero lo importante fue que salí viva. Me trasladaron al Pérez Carreño, me hicieron los exámenes correspondientes, pero todo estaba bien”,
narró Angarita.
Agregó que está bien físicamente, pero psicológicamente está muy mal. Es algo que no sabe cómo explicar “tienes que vivirlo. Familias enteras quedamos sin nada, lo perdimos todo”, lamenta Angarita.
“Solo pensaba en mis hijos”
Mónica Romero, de 30 años, estaba sola en su apartamento cuando la tierra comenzó a moverse. Sus hijos jugaban en el parque del pueblo de El Junquito y ella guardaba reposo en su cama por una reciente cirugía dental.
”Sentí que la cama empezó a moverse , me paré rápido y vi cómo se cayó el televisor. Cuando iba saliendo del cuarto, la pared se desplomó por completo y me cayó en la pierna”, recordó.
Mónica quedó atrapada por la estructura. Pidió auxilio y, con el impacto del momento, logró zafarse de los bloques para salir a la calle. El desplome le causó una lesión en la pierna izquierda. Al perder su vivienda, ahora se refugia en la casa de su hermana, a la altura del kilómetro 16, una sección del pueblo ubicada unos siete kilómetros más abajo en la misma carretera nacional.



Su esposo, Ramón Corredor, trabaja en una línea de transporte del pueblo. Estaba en plena jornada cuando el teléfono le avisó del sismo. Al mirar hacia la colina donde estaba su hogar, vio que el edificio de cinco pisos ya no existía.
”Yo pensé que no la iba a conseguir con vida. Intenté subir los escombros y todo, cuando de repente vi que ella venía saliendo. La terminé de ayudar y la llevamos al Pérez Carreño. Mis hijos estaban bien, estaban con una tía”, relata Ramón.
Cuatro personas fallecidas
Los daños estructurales en el kilómetro 23 también dejaron víctimas mortales. Entre ellas está Yesin Terán, un niño de cuatro años que perdió la vida junto a su madre en el pueblo de El Junquito tras el colapso de una estructura.
La familia vivía en la entrada del sector La Toma. Su tío, Anair Terán, relata que el desprendimiento de una pared golpeó directamente al menor durante el movimiento telúrico, sin dar tiempo a que sus familiares pudieran ponerlo a resguardo.
“Mi tío salió primero con los otros dos niños y ella venía con el niño en los brazos ya casi saliendo la pared le cayo encima. Aunque los sacamos en cuestiones de segundos llegaron al hospital de El Junquito sin signos vitales”, dijo Terán.
Este viernes, 26 de junio, Protección Civil, el organismo gubernamental encargado de la gestión de riesgos y desastres, y paramédicos, junto con voluntarios, continúan en la búsqueda de más personas bajo esa edificación de cinco pisos, ya que en los otros edificios las personas lograron salir a tiempo.
Hasta el momento, las comisiones de rescate concentran sus esfuerzos en este punto debido a la alta probabilidad de que aún existan ciudadanos atrapados entre las losas.

12 edificaciones perdidas
José Alvarado, voluntario en el lugar, alertó que representantes de Protección Civil, en conjunto con el personal de logística de la empresa Ferroindustria Polari y la organización Juntos Todo es Posible, contabilizan el total de infraestructuras destruidas entre comercios y viviendas en la zona.
Las comisiones técnicas evalúan otras estructuras para determinar si las condiciones permiten que sigan habitadas.


Para los vecinos, el impacto visual y emocional es algo indescriptible porque en la zona todos eran una gran familia.
“Es ver cómo tu vida se va. Aquí hay tantos recuerdos. Éramos un pueblo unido, una comunidad muy pequeña”,
señaló una habitante.
Añadió que a diferencia de otras zonas, ver aquí un edificio caído, dos o tres, es ver el pueblo destruido, porque un edificio agarra a otro, un fenómeno estructural conocido como efecto dominó donde el colapso de una estructura desestabiliza a las construcciones adyacentes. Es muy duro lo que se está viviendo, nunca pensamos pasar por algo así.
Daño económico
Andrés, propietario de un negocio en la vía principal, señaló que la reactivación de la actividad comercial y turística locales tardará por la situación económica general. Explicó que los daños van más allá de la calle principal.
En el sector La Toma, el sismo bloqueó la vía de acceso y las autoridades ordenaron el desalojo de la mitad de las viviendas por riesgo inminente de colapso.
”Es una situación que nunca imaginamos pasar, es desesperante todo. Hoy, 26 de junio, es que están llegando personas de otras partes de Caracas a ayudarnos. Los primeros dos días no teníamos a nadie; éramos la comunidad y los dueños de negocios tratando de ayudarnos unos con otros. Es muy difícil esto”, afirmó.



Al cierre de esta cobertura, el perímetro afectado permanece resguardado por los cuerpos de seguridad del Estado, mientras los ingenieros y equipos técnicos agilizan las evaluaciones de habitabilidad en las estructuras adyacentes para evitar nuevas desgracias.
Con el desalojo preventivo del sector La Toma y el traslado de los damnificados a refugios temporales, la prioridad de las autoridades se centra en estabilizar la zona y garantizar el suministro de ayuda humanitaria.
El Junquito enfrenta ahora el desafío técnico y social más complejo de su historia reciente, bajo la mirada atenta de un país que sigue contando los daños de una tarde que lo cambió todo.

