Cacerolas y miles de mentadas de madre acompañaron el apagón en Guarenas

guarenas | sin luz

La interrupción del servicio eléctrico entre el 7 y 11 de marzo tomó desprevenidos a muchos venezolanos que no pudieron contener el malestar. En Guarenas, los vecinos sonaron cacerolas por las noches y corearon improperios en rechazo a la gestión de Nicolás Maduro.

Caracas. El apagón nacional que ocurrió el jueves 7 de marzo a las 4:40 de la tarde también afectó a la población de Guarenas, estado Miranda. A esa hora, Alí, profesor de Geografía e Historia y de Ciudadanía, se encontraba en su residencia ubicada en la urbanización El Calvario. Al revisar su escritorio encontró la mitad de una vela y una caja de fósforos, pero no se preocupó porque supuso que el corte de electricidad duraría a lo sumo cuatro horas, como otras veces.

Desconocía lo que estaba sucediendo en todo el país. No podía comunicarse con familiares y amigos debido a que desde hace un año no tiene teléfono residencial a causa de una avería en la zona. Su celular se había descargado quince minutos antes de la interrupción de energía eléctrica.

Se sentó frente a la ventana de la sala para corregir exámenes mientras había luz solar, pero la labor se dificultó porque había muchos zancudos y sin el ventilador era imposible ahuyentarlos, así como apaciguar el calor.

Llegó la noche y con ella cacerolazos en El Calvario y zonas vecinas como Guacarapa, El Cepa, Clavellinas, 29 de Julio y la calle El Parque. En esta oportunidad, vinieron acompañados de la expresión: “¡Madurooooo!” y la respuesta masiva: “Coño ‘e tu madre”. Se confundían voces de niños, jóvenes, adultos, en una sola frase cargada de rabia.

Alí no pudo dormir por el calor y la incertidumbre. En la mañana, tuvo que asearse con menos de un tobo de agua porque el sistema de bombeo no  funcionaba.

Viernes  8 de marzo. El profesor se levantó a las 6 de la mañana, se arregló y tuvo que bajar los cinco pisos del edificio porque no estaba operativo el ascensor. Llegó a planta baja y —como lo hace desde hace año y medio por la falta de transporte— se lanzó a pie los 3,6 kilómetros desde su residencia hasta la Unidad Educativa Privada José Rafael Pocaterra, ubicada frente al Terminal de Trapichito, donde este docente jubilado trabaja 66 horas a la semana para sobrellevar la crisis económica.

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No se había enterado de que habían suspendido las clases. Al liceo acudieron los docentes y cuatro estudiantes: dos de educación primaria y dos de media general. Levantaron un acta y cada quien se devolvió a su casa.

Este segundo día del apagón exasperó aún más a los vecinos. Los teléfonos residenciales solo funcionaban para llamar a los municipios Plaza y Zamora. Fue misión imposible comunicarse por las operadoras Movistar, Movilnet y Digitel. Amanecieron cerradas ferreterías, zapaterías, la óptica. Los padres no sabían qué hacer para distraer a los niños que no tenían clases, ni televisión ni computadoras. Solo quedaba jugar en el patio, en las áreas comunes de los edificios.

A mediodía el estómago le avisó a Alí que era hora de comer. Revisó la nevera, sacó medio kilo de carne molida que le quedaba y decidió cocinarla toda para que no se le dañara. “La rendiré para varios días”, pensó, mientras buscaba una taza de arroz preparada el día anterior.

Pensó en su prima que no tenía dinero y no había comprado el “salado”. En el Mercado de Buhoneros ubicado frente a la Estación de Gasolina Monzón y los comercios que subieron sus santamarías cobraban en efectivo. La especulación hizo de las suyas: una caja de fósforos que costaba 400 bolívares era vendida en 800; un yesquero que valía 700 lo vendían en 1300.

En el mercado de buhoneros intentaban sin éxito pagar las compras por puntos de venta. Mientras esperaba para pagar 2200 bolívares por un kilo de plátanos escuchó a dos mujeres hablar sobre las causas del apagón: mientras una se burlaba de las explicaciones del gobierno y decía que todo se debía a que no se hacía mantenimiento al sistema eléctrico, una vendedora de harina de maíz precocida echaba la culpa a la oposición.

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La discusión concluyó cuando la tarjeta del Banco Venezuela de la compradora no pasó y se tuvo que ir refunfuñando. Por la misma razón, él tampoco pudo comprar 6000 bolívares de queso. Se quedó hasta pasadas las 5:00 de la tarde en casa de unos familiares. No tenía apuros en volver, sabía que la luz tardaría en llegar porque ya se había enterado de la falla en Guri y de que no había fecha precisa de reanudación del servicio.

Tuvo que subir cinco pisos para llegar a su apartamento. En las escaleras se topó con personas de la tercera edad, mayores que él, que también bajaron a caminar porque estaban aburridos en sus casas, “muertos de calor” y también para indagar sobre la situación que atravesaba el país a causa del apagón.

Ya en la noche, cuando se cumplían las 27 horas sin luz, comenzaron a escucharse las cacerolas, mientras el llamado #MaduroChallenge sonaba en las comunidades de Guarenas, expresión que recorrió de punta a punta todo el país en penumbras.

A las 11:57 de la noche llegó la electricidad al sector El Calvario. En el edificio pusieron el agua durante tres horas para que los vecinos llenaran pipotes, ollas, tobos y la aprovecharan al máximo. La junta de condominio apagó el sistema de bombeo para evitar se dañara de producirse otro apagón. En otras zonas de Guarenas persistía la oscurana y las protestas por el colapso del servicio eléctrico.

Sábado 9 de marzo. Los vecinos durmieron mejor porque pudieron prender aires acondicionados y ventiladores, cargar los celulares y comunicarse con sus parientes. La alegría duró hasta las 11 de la mañana con un nuevo apagón que se prolongó hasta las 4 de la madrugada del domingo.

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Como no tenía charcutería, Alí almorzó pasta con plátanos, descansó un rato y, en la tarde, bajó al pueblo guarenero para comprar dos velas, por las que pagó 1000 bolívares cada una. Visitó familiares para saber cómo estaban y qué se decía del apagón nacional.

Esa noche la protesta tomó mayor intensidad: hubo quema de cauchos, cacerolazos y más coros de insultos contra Maduro.

Domingo 10 de marzo. El sector amaneció con luz, así que Alí aprovechó para cargar el celular, lavar algo de ropa y revisar Whatsapp gracias al wifi de un vecino.

En la zona habían quemado cauchos por la noche y se escuchaban rumores de destrozos en negocios del pueblo. Bajó en búsqueda de información. Al llegar a la Iglesia La Candelaria se encontró con que saquearon un local de comerciantes cristianos evangélicos. Llegó a la renovada plaza La Paz, antigua plaza de Los Flojos, y encontró el supermercado Día a Día saqueado. Lo mismo sucedió con una licorería cerca del Banco Provincial. Allí se enteró de que también hubo saqueos en dos negocios del Centro Comercial Miranda.

De regreso, cuando llegaba a la subida de El Calvario, advirtió que otra vez no tenían luz. El servicio falló a las 11 de la mañana. Se resignó a subir los cinco pisos, se refrescó con agua natural, comió, descansó un rato y se sentó en el ventanal a corregir exámenes. La energía eléctrica regresó a las 6:20 de la tarde. Aunque había luz, eso no impidió que los vecinos entonaran otra vez las consabidas mentadas de madre contra Maduro como un canto polifónico.


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