Karla tiene 25 años está presa en el Rodeo I. Le cortaron el cabello, la obligan a usar ropa de varón, y no la dejan inyectarse hormonas para mantener la voluptuosidad de los glúteos y senos

Mabel Sarmiento Garmendia/@mabelsarmiento

Caracas. Karla, joven transexual de 25 años, está recluida desde hace casi dos años en el centro Penitenciario Rodeo I acusada de homicidio en grado de complicidad.

Pasó primero por la cárcel de Uribana, en Lara, donde la encerraron en una celda junto con otros 22 homosexuales a quienes el resto de los presos amenazaba con matar. Luego la llevaron a Tocorón -en Valencia- y por último le fijaron como sitio de reclusión el Rodeo I, donde los reos no han abusado de ella sexualmente, pero sí la humillan y maltratan cada vez que pueden.

“Me dicen que me comporte como hombre, que me vista de varón y no me dejan que me les acerque mucho, ni por equivocación. Es una violencia verbal y psicológica constantemente”, contó.

diversidad sexual
Cuando el papá de Karla se enteró de su identidad sexual le recomendó que se cuidara

En el área donde está hay otra compañera de oficio llamada Wanda. “Es la más vieja aquí, entre las dos nos cuidamos. Pero no es fácil. Me rapan la cabeza y me obligan a esconder mi cuerpo. Invertí en las operaciones casi 300 mil bolívares y aquí lo estoy perdiendo todo. Incluso no me dejan usar las hormonas para mantener la voluptuosidad de los glúteos y senos, evitar el exceso de vellos, y para que la piel se vea hidratada”.

Cuando Karla estaba en Uribana, en una de las visitas que hizo la ministra de Asuntos Penitenciarios, Iris Varela, le pidió que las reasignaran a un espacio especial y que les permitieran pasar las hormonas.

“Todavía estamos esperando y mientras tanto nos mezclan con los hombres, y si nos mandan a desnudar delante de ellos tengo que hacerlo. Eso es horrible. Afortunadamente desde que está este nuevo régimen penitenciario no hay violaciones físicas. Pero si no acatamos las normas nos metemos en problemas”, dijo.

Humberto Prado, director del Observatorio Venezolano de Prisiones, dijo que pese a las luchas de las organizaciones que velan por los derechos de los homosexuales, no hay avances en la materia. “No hay una cifra exacta de cuántos LBTI están privados de libertad. Además estas personas son obligadas a lavar, a planchar y a limpiar las celdas a los demás presos y a hacer cosas denigrantes. Hay unos que incluso esconden su condición por miedo”.

Carlos Alberto Palma Nieto, de Una Ventana para la Libertad, ONG que trabaja e investiga el tema carcelario, coincidió con Prado en que se desconoce cuánta población LGBTI está en las cárceles. Dijo que estos ciudadanos “prácticamente no existen para el resto de la población penitenciaria. Son excluidos y más si son travestis”.

Mientras que la asociación civil, Venezuela Diversa, en el informe ante el Comité Contra la Tortura con motivo del Evaluación Periódica Universal de Venezuela, presentado en octubre de 2014 ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos, expuso que en los recintos penitenciarios, las personas y grupos LGBTI son objeto de agresiones, psicológicas, físicas y sexuales, y son recluidos junto con la población general. El documento también revela las deficientes condiciones de reclusión y la falta de provisión de servicios básicos, el uso excesivo de la fuerza por parte de los cuerpos de seguridad y custodios penitenciarios, así como los altos índices de violencia carcelaria y la falta de control efectivo de las autoridades.

“Recluir a las mujeres transexuales con hombres constituye un desprecio por sus identidades y les causa un nivel de sufrimiento emocional y angustia agudo, que puede equivaler a tortura. En cuanto a los hombres gays y bisexuales, estos se afectan por el estereotipo machista y sexista por el cual se les considera como débiles (afeminados) y dispuestos a consentir a cualquier contacto sexual con otros hombres. En el caso de las mujeres lesbianas y bisexuales, el riesgo de violencia sexual y malos tratos se origina por parte de los propios funcionarios del sistema penitenciario o de otras personas detenidas”, señala el informe,

Del infierno de la calle a la cárcel    

A Karla la atraparon por participar presuntamente en el asesinato de un indigente. “Ayudé a mis amigas que mataron a golpes a un tipo que siempre las molestaba. Me agarraron un año después del hecho”.

Vivió su adolescencia en la parroquia El Valle y aunque su familia supo cuando tenía 14 años su orientación sexual, no se quedó en la cuadra. “El rechazo era fuerte. Perdí a mis amigos y mi mamá sufrió un shock. Pero luego mi papá me dijo que me cuidara mucho. Salí de mi casa porque ella no entendía mi trabajo de madrugada. Ahora viene a visitarme una vez al mes”, dijo Karla quien se puso a la orden para otra conversación, “siempre y cuando sea de 12:00 pm a 1:30 pm”. La hora en que los otros internos le permiten recibir llamadas telefónicas.

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