Yeiderberth Requena falleció esperando un trasplante de médula ósea. Él le decía a su mamá que saldría de ésta. El sábado 25 de mayo su cuerpo se venció. Lo enterraron este 28 de mayo, día de su cumpleaños. Aun no hay pronunciamiento oficial sobre los casos del J. M. de Los Ríos.

Caracas. Lo que una madre no quiere jamás: enterrar a un hijo. Y aunque eso fue lo que Wendy hizo este 28 de mayo con Yeiderberth Requena, para ella eso no ocurrió. «Esto no es un velorio, es la celebración, el homenaje que se le hace a un rey”.

Así, con fuerte entonación, lo dijo justo cuando terminó de cantarle cumpleaños. Yeiderberth hoy cumplía 9 añitos. Y aunque su muerte llegó de forma impactante para su familia, ellos decidieron no llorarlo.

“No era así que quería regresar a casa, pero lo recibimos con el mismo amor. Te amo, mi rey, te amo mucho», le decía Wendy, quien en brazos llevaba a Samantath de 3 años, la más pequeña de sus hijos.

La familia entera de Yeiderberth llevaba la tristeza sobre los hombros. No cabían en la casa. La sala y los cuartos estaban repletos. La urna, rodeada de globos, afiches y juguetes se dispuso en el lado derecho de la casa, ubicada en el callejón Los Colmenares, entrando a La Guaira.

El ambiente sofocado no detenía el paso de los vecinos y de los amiguitos de Yeiderberth. Todos querían verlo y compartir su cumpleaños.

“Vivirás en nuestros corazones”, “mi perrito”, “nuestro mentepollo”, “luchador”, “nuestro ejemplo de vida”, “te amaremos por siempre”, se leía en las pancartas que decoraron su espacio. Eran las frases con las que sus primos se jugaban con él y con las que lo recordarán por siempre. Para el que lo conoció, Yeiderberth es un héroe. No hablan en pasado de él. Está vivo para todos.

“Le decía a mi sobrina, llévate ese muchacho para tu casa porque jode mucho, uno se encariña con los niños, y ahora esto me deprime mucho. Para mí está por ahí”, dijo una tía.

Fotos: Luis Morillo
Fotos: Luis Morillo
No es un velorio 

Su abuela Deysi era la guerrera de la familia. Se le vio comandando todo. La celebración estaba casi en sus manos, “traigan la torta”, “reparte los jugos”, “báilale”. Solo cuando sacaron la urna marrón, las coronas y los globos se le vio el semblante de dolor. Entonó la canción de Rocío Durcal, «Amor Eterno». Los hombres, entre ellos el hermano mayor, lo cargaban. Un grupo de tambores que lo acompañó todo el tiempo, le tocó al son del cuero canciones infantiles que los niños a su paso tarareaban y bailaban.

Las lágrimas estaban contenidas en los asistentes. A mi hermano le gusta cantar, bailar, se sabe las canciones de Juan Gabriel. Lo amo mucho, y se lo dije el día que murió. Mi mamá me dijo que me estaba esperando para irse. Me derrumbé por completo ese día. Era fanático del Real Madrid.

Llevaba en la mano un globo número 9 de color plateado. No lo soltó, ni cuando agarró de las manos a Samantath, de 3 años, y a Milenyerberth, de 4, los hermanitos que cuidó mientras su mamá estaba en el hospital con Yeiderberth.

La enfermedad de su hermano hizo que pusiera en reposo sus sueños. Quería ser pelotero profesional. Ahora voy a ser fuerte como él, voy a ser un guerrero como él. Él no practica deportes, pero canta, baila, se sabe las canciones de Juan Gabriel, de Sebastián Jatra. Hace reír a la gente, es parrandero. No sé qué pensar ahora. El día que murió estaba muy hinchado, no lo reconocí, tenía muchas máquinas. Duré mucho tiempo hablando con él, le dije lo mucho que lo quería. Cuando salí le dio un paro y luego nos dieron la noticia. El mundo se me vino abajo, lo quería abrazar. Mi mamá me dijo que él me estaba esperando a mí para irse. Si hubiera sabido eso, subo el día de su cumpleaños para que aguantara un poco más. Nunca pensé en mi vida aguantar tanto dolor. Las lágrimas no me salen, nunca pensé perder un hermano, y menos el que me hacía las tardes amargadas. Lo voy a extrañar mucho.

Yeiderberth le hacía las “tardes amargadas” a Rower José, su hermano mayor. Lo fastidiaba cuando estaba acostado “y cuando le iba a hacer algo mi mamá me pegaba a mí”, dijo, sacando una leve sonrisa. “Ahí están sus amigos, los que tocan tambores”, comentó minutos antes de que cantaran el cumpleaños feliz.

Fotos: Luis Morillo

Al homenaje llegó Héctor, paciente con Leucemia y amigo de Yeidertberth. «La semana pasada jugué con él», comentó sujetándose el tapabocas.

Con su corsé en la cintura, su mamá, Yésica, lo alzó para que viera la urna. Lloró y quedó pensativo luego de eso.

Comió su pedazo de torta y tomó jugo, pero no dejaba de observar lo que sucedía a su alrededor: la imagen del Capitán América, los niños con sus alas de angelitos. «A mí me gusta el hombre piedra», comento. A Yeiderberth le gustaba Thor.

Salió a las 4:30 a. m. de su casa en Mare para el J. M. de Los Ríos para su sesión de quimioterapia. No se la colocaron por fallas en los aires acondicionados. Con la debilidad que le inyectan cuatro fracturas en la columna, además, quiso acompañar a Yeidertberth, su amigo, su compañero de lucha. Maduro para su corta edad, no hacía preguntas, no se quejó del calor que invadía su cuerpo y no se intimidó ante las miradas de los curiosos. La inocencia lo protegió.

Al igual que a Cristina, la mayor del grupo. Tiene 17 años y es la miss del servicio de Hematología. Ella, pese a sus limitaciones, camina con andadera, y está en fase de quimioterapias, no se apartó de Yeidertberth. Llegó el pasado lunes desde Los Valles del Tuy con su mamá para ponerse las quimios. No corrió con suerte, pero decidió irse a La Guaira. Ahí estuvo sentada, cargado las alas blancas que le dieron en conmemoración a su amigo.

Fotos: Luis Morillo

Pasado el mediodía salieron hacia Catia La Mar. Los tambores replicaron incluso en la calle, donde una multitud se aglomeró. La urna no era blanca ni pequeña. Era marrón y grande, pero la gente sabía que no era un adulto al que todos seguían, aplaudían cantaban el cumpleaños repetidas veces. Además, los globos y la cantidad de niños a su alrededor contaban la historia de Yeiderbert.

Fotos: Luis Morillo

Lo llevaron hasta el urbanismo Hugo Chávez, en Catia La Mar, donde lo esperaba otra multitud, entre ella sus maestras que incluso se sumaron al cortejo que lo cargaba. Una muchachada salió a su encuentro con pancartas y más globos.

Fotos: Luis Morillo

Una jaula con unos canarios envueltos en un lazo llegó de repente: un regalo para el pequeño. Más tarde los pájaros alzarían vuelo.

Casi a la 1:00 p. m. lo llevaron al cementerio de Pariata. Más gente lo esperaba. De nuevo le cantaron el cumpleaños y lo enfilaron hacia la parte alta del camposanto. Los niños corrían entre las tumbas para llegar primero.

Fotos: Luis Morillo

Se abalanzaron sobre el ataúd para verlo por última vez. Le cantaron la canción «no llores por mí» y le presentaron un plato con las chucherías favoritas, entre las que destacaba una bolsa de cotufas.

Las bombas blancas comenzaron a revoletear. Los canarios alzaron su canto y el guerrero se fue a descansar.

“Eres un héroe, un guerrero”, dijo Wendy, al darle la última despedida.

El pequeño murió el pasado 25 de mayo. El 9 de abril su mamá fue una de las que pidió auxilio. “Nuestros hijos se están muriendo”.

Llamado que no fue atendido. Y extrañamente, su familia ahogada en una desesperación silenciosa, “celebró” la partida de Yeiderberth en una sala cuya entrada arqueada estaba flanqueda por tres imágenes del fallecido Hugo Chávez, responsable directo de la crisis humanitaria compleja en la que están sumergidos los venezolanos y que golpea con fuerza a los de más bajos recursos económicos.

Aún no hay respuesta sobre el fallecimiento ocurrido en el J. M. de Los Ríos, ni tampoco pronunciamiento para solucionar la crisis. En lista estaban 30 niños, niñas y adolescentes con indicación de trasplante de médula ósea, 20 de ellos requerían la cirugía con urgencia. Se han muerto cuatro y se incorporaron otros casos.

En el hospital tampoco hay respuestas. Las mamás se sienten amedrentadas y les han dicho que por otras estar protestando no van a llamar a técnicos para que arreglen los aires acondicionados.

Fotos: Luis Morillo
Fotos: Luis Morillo

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