Hannia Gómez, directora de la Fundación de la Memoria Urbana, dice que la remodelación de las aceras es innecesaria y resta valor a un lugar que goza de carácter patrimonial.

Caracas. La remodelación de las aceras del Centro de Caracas y los alrededores del casco histórico ocurre en el peor momento económico del país, y hay quienes aseguran que es el mayor exceso de indolencia y derroche de un Gobierno que tiene por costumbre las licitaciones en terrenos sombríos.

En la avenida Universidad, un manojo de máquinas Caterpillar muerden las aceras y escupen, cada cierto tiempo, bocanadas de mármol, el material que endosa un rasgo distintivo a esa zona de la ciudad y que es removido desde hace una semana. En ese lugar, el ritmo de trabajo es vertiginoso, hay decenas de trabajadores en la vía y las máquinas devoran el paso peatonal. Lo hacen a un ritmo inusitado, desconocido, para quienes anhelan ver terminada la línea 5 del Metro de Caracas.

Allí el avance de las maquinarias enciende la alarma de arquitectos y urbanistas, los dolientes de la ciudad. Hannia Gómez, directora de la Fundación de la Memoria Urbana, dice que las obras son innecesarias y restan valor a un lugar que goza de carácter patrimonial.

Es una cuestión de sentido común. Los bienes no se destruyen, sino que se restauran. Los materiales nobles, como el mármol, tienen que ser apreciados por su resistencia, dice la arquitecta en torno a las acercas rosas que flanquean la avenida Universidad.

Arquitectos recomiendan restaurar los espacios patrimoniales

Para restaurar el mármol, que endosa ciertos aires de lujos al centro, Gómez sugiere trabajar con una marmolera, o una contratista, para salvaguardar el carácter patrimonial de una zona que es el corazón de Caracas y de todo el país.

Hay que exigir una restauración de calidad para mantener las aceras hechas con materiales nobles. Venezuela está en crisis. Todo aquello que permanece en el tiempo debe ser restaurado: se evalúa, se restituye y se reconstruye. El mármol rosa Portugal, que revestía las aceras de la avenida Universidad, es el más exquisito y bello del mundo, se lamenta.

Para Gómez, el resultado de los trabajos no es otro sino la degradación de la ciudad, de la calidad de los espacios urbanos y de su pavimento, que en el caso de la Universidad es el testimonio más fiel de la década de los 80, cuando se construyó el trazo más grueso de la capital: el Metro de Caracas.

Están degradando a Caracas, poniéndola a nivel del rancho que los funcionarios del Gobierno tienen en su cabeza. Lo que ocurre en el Centro es un guiso más, un rancho mental, agrega.

Gustavo Izaguirre, decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela, aclara que el proyecto del Metro de Caracas no incluyó mármol para los espacios públicos, pero hubo lugares en los que se empleó el granito vaciado en losas, por ejemplo.

Aun cuando no se conocen mayores detalles sobre la remodelación de las aceras en el centro, se sabe que el proyecto abarca la fachada del otrora Hotel León de Oro en los espacios del antiguo Convento de San Jacinto, una manzana que se inserta dentro del conjunto urbano homónimo, declarado Bien de Interés Cultural en Gaceta 36.762, del 9 de agosto de 1979, un lugar donde también se orquesta el estruendo de los taladros y maquinarias para su rehabilitación.

Se trata de un proyecto que marcha a puerta cerrada y sobre el cual pesa el desalojo de 400 empleados de los 19 establecimientos que fueron expropiados hace un mes, entre ellos La Atarraya, un restaurante con 60 años de historia que heredó su nombre de una pulpería que allí funcionó y cuya edificación se construyó a finales del siglo XIX.

En algunas zonas el mármol será sustituido por concreto

San Jacinto, destaca la memoria oral de Libertador, era el lugar donde llegaban arrieros y pequeños negociantes de frutos, de animales y brebajes envasados en frascos bocones. Ahora solo hay buhoneros. Y desde hace varias semanas una lona blanca, y a veces azul, eclipsa los cuatro costados de la manzana, incluido el León de Oro que suma más de siete años cerrado desde que el Gobierno hizo una inauguración fallida en 2011.

Quienes fueron desalojados de la Casa la Gran Piñata, como se le conoce a una de las estructuras de gran valor patrimonial en esa zona, resienten la falta de información y la poca claridad con la que las autoridades proceden. A Flor Tovar, antigua administradora de La Atarraya —el restaurante expropiado el 24 de abril— le tomó solo 24 horas desarticular más de medio siglo de tradición. Ese día no quedó ni una sola silla en la barra, tampoco había platos por recoger, solo 31 empleados enmudecidos por la medida de expropiación tomada por la Alcaldía de Libertador a través del decreto 0030 de fecha 18 de abril de 2018 y publicado en la Gaceta Municipal 4301-1.

Ese proyecto de la alcaldía, que persigue “el desarrollo cultural, turístico y socioeconómico”, dará paso al Museo de Caracas, un espacio que pretende ser la vitrina del acervo histórico, antropológico y arquitectónico de una ciudad cuya memoria urbana se hace tenue conforme se robustece la indiferencia.

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Época de Oro en el casco

En Caracas hubo una época de mayor esplendor en la que el Pasaje Linares, estrenado en 1891, era más que un lugar de paso, una desembocadura hacia la plazoleta de San Jacinto. Era la única calle de aspecto europeo, el gozne entre una ciudad de tímidos aires cosmopolitas y una urbe agreste, que ha tenido por costumbre el alboroto y el ingenio de sus habitantes. En ese lugar, cuenta la crónica urbana, se mezclaban el graznido de los burros echados en hilera y el bullicio de los vendedores del mercado instalado en la zona. Era entonces el centro de mayor recreo: había posadas de puertas abiertas, comederos concurridos, con el mejor sancocho, y una suerte de tiendas de encargo que complacían las más atildadas vanidades: hombres y mujeres de todos los linajes compraban allí sus pocillos a centavo.

El lugar encarnaba, en definitiva, el Sambil de finales del siglo XIX. Hoy, 127 años después de la construcción de aquel pasaje, en un lugar de alta fama que los caraqueños solo reconocen por las recién extintas piñaterías, la Alcaldía de Libertador se ha replanteado el uso de ese espacio patrimonial. Y el gobierno de Érika Farías hace alarde de un proyecto ambicioso que aspira recuperar una de las manzanas fundacionales del casco, que en la actualidad exhibe la huella profusa del descuido. No es una porción insignificante de ciudad.

Fotos: Luis Morillo



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