Hace seis meses su padre también los dejó y tienen un mes que se bañan solo con agua y comen una vez al día.

Maracaibo. Al final de una trilla de arena en el sector Brisas del Morichal, al oeste de Maracaibo, viven los hermanitos Pereira Ibarra. Sentados en el piso curtido de lo que alguna vez fue la promesa de “una vivienda digna”, pasan los días descalzos, desnudos y con un hambre que según les “quema la barriga”. Son siete y para ninguno hay explicación de la situación que los arropa. La necesidad es su realidad, la que viven los niños de esta patria, que dentro de los barrios del oeste no es tan “bonita” como la pinta el gobierno revolucionario,  sino todo lo contrario, es “amarga y muy fregada”.

“Mami y papi sí son malos, nos dejaron botados”, comentan los pequeños como única reacción a su entorno.

Hace seis meses Johan Pereira (el chompirras), dejó a su esposa Ana Mabel Ibarra (la guajira) luego de una discusión. La pareja vivía en el barrio Brisas del Morichal de la parroquia Francisco Eugenio Bustamante, donde las peleas y los golpes eran el pan de cada día. Luego de la separación, la guajira decidió tomar su propio rumbo, sin importarle su responsabilidad como madre de nueve niños. “Hace dos meses se fue para Colombia y no sabemos nada de ella”.

Julia Beatriz Ibarra, de 77 años, abuela materna, se quedó con siete de los niños esperando que su hija cumpliera la promesa de trabajar duro en Colombia para darle de comer y mejorar el futuro de sus nietos, pero no fue así. La anciana contó:

“Nosotros lo que más comemos es yuca con sal, cuando mucho compro 1000 bolívares de huesos, le echo agua, aliño y hago una sopa. Así pasamos el día, tomando agua de huesos” (sic).

Con dificultad para respirar y temblor en sus manos y rostro, Julia se adentró en la vivienda aún sin terminar. En el espacio que hace las veces de cocina confesó: “yo vendí todo para darle de comer a mis nietos. Vendí el televisor, las pailas y la bicicleta. Los vendí en la choza, y otros los cambié por comida pero no alcanzó para mucho”.

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La única olla que le quedó para cocinar hervía en un reverbero. Eran casi las 11.00 a. m. y los niños y su abuela solo tenían en el estómago un pedazo de yuca desde la tarde anterior. “Puse a hervir unos huesos que me regalaron porque no tengo más nada que darles hoy”.

Hace más de un mes se bañan solo con agua. La ropa y los utensilios de la cocina tampoco se lavan como es debido. Dos colchones sucios y olorosos a orín sirven para dar descanso a los niños cuando el llanto los vence. “Ahí se acuestan, ahí dormimos todos. Yo casi no duermo porque la casa no la han terminado y no tiene cerraduras ni protecciones, me da miedo que se meta alguien en la noche y le haga daño a mis niños”.

Dos colchones sucios y olorosos a orín son el único espacio para el reposo de los niños.

“Estamos curtidos porque no tenemos ni una conchita de jabón”.

Julia remoja las sabanas y luego las pone al sol sin aplicar ningún detergente, lo hace porque el olor la ahoga. “Cuando penetra el olor a orine en el cuarto me desespero y me comienzo a ahogar”. Erupciones en la piel, infecciones estomacales y escabiosis son algunos de los cuadros que ya comienzan a notarse en los niños, mientras que los problemas cardíacos y de hipertensión de la anciana se intensifican cada vez más.

Marco Antonio Pereira Ibarra es el hermano menor, tienen un año de edad y una hernia testicular que lo hace llorar a cada rato. “Tiene gripe. Pasó toda la noche con fiebre. A veces se le ponen las bolitas grandes de la hinchazón”, relató una vecina. Víctor Daniel Pereira Ibarra, de 10 años, no ve del ojo derecho. Al parecer, lo operaron por una infección y por falta de medicamentos perdió la operación y con ella la vista.

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La desidia abunda en el barrio Brisas del Morichal, pero en la casa de los Ibarra pesa más.

“Cuando no hemos comido nos acostamos a dormir, porque la barriga nos arde y nos duele la cabeza, pero si nos dormimos se nos olvida, por eso nos acostamos”, contó Yuliannys Daniela, de 8 años.

En la única olla que le queda a Julia solo alcanza para hacer sopa de huesos.

“Mi hermana dijo que no quería saber nada de muchachos, que ella no iba a regresar. Se mudó de donde estaba y le perdimos la pista. Ella no quiere saber nada de sus hijos”, informó Darwin Molina, hermano de Ana Mabel. Él y dos hermanos más ayudan a Julia a mantener a sus nietos, no obstante, el hombre que se gana la vida vendiendo frutas en un semáforo en la zona Sur reveló: “no es fácil porque cada uno de nosotros tiene su responsabilidad, sin embargo, nosotros como hermanos tratamos que ni ellos ni mamá pasen hambre pero eso es imposible”.

Conteniendo las lágrimas, Darwin reprochó el proceder de su hermana: “Si ella no iba a ser responsable no tenía que haber parido tanto, ahora qué hacemos nosotros, porque parte el alma saber que pasan hasta dos días sin comer”. Calificó a su hermana de irresponsable y advirtió: “Si no viene, yo la voy a buscar y la meto presa por mala madre, ella tiene que responder por sus hijos”.

Joselyn Ibarra, tía materna de los pequeños dijo que los dos niños mayores, Joswuard José, de 11 años, y Eli Daniel, de 13, corren peligro. Al primero se lo llevó su abuela paterna. Según su tía, esta lo obliga a trabajar: “Ella lo explota, vende bolsas en Mercamara”. Del mayor temen que tome malos pasos: “Él estudia, pero quiere dejar de ir para el liceo para ponerse a trabajar para darle de comer a sus hermanos, esto es difícil, porque los niños no deben pasar por esto”.

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Fotos: Mariela Nava



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