No es que solo existan más personas en situación de calle. Ahora, el fenómeno que no se está visibilizando, es que hasta el profesional está pidiendo comida, ropa y medicinas. Y eso, como quiera que se vea, es una situación de calle. La diferencia con el menesteroso es que tienen un techo fijo que los cobija y, por tanto, no se pueden llamar “indigentes”.

Caracas. Recorrer las calles de Caracas, del este al oeste y del sur al norte, pone a los ciudadanos ante un panorama donde la pobreza ocupa un sitial de honor.

La pobreza entendida no como el rancho con letrina al borde de un barranco, sin agua y con una familia desempleada, fuera del sistema escolar y sin comida; sino como la que deviene por la falta de ingresos y que lanza a la gente a una situación de calle, de mendicidad. Personas que no andan harapientas, pero que pasan el día deambulando de una calle a la otra, buscando sobrevivir.  

El número de venezolanos en pobreza crece. Según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 9 de cada 10 hogares no tienen recursos para acceder a los bienes mínimos necesarios, debido a la prolongada crisis económica.

En 2016, 81,8 % de los hogares venezolanos estaban en pobreza de ingresos y en 2017 la tasa registró un aumento a 87 %, reveló la consulta elaborada por la UCAB, UCV y USB.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) define la pobreza por ingresos como la insuficiencia de recursos monetarios para adquirir una canasta de consumo mínima aceptable socialmente.

Actualmente, un trabajador requiere de 50 salarios mínimos para cubrir la canasta básica alimentaria, de 19,8 millones de bolívares, según las estimaciones hechas en febrero por el Centro de Documentación y Análisis para los Trabajadores (Cenda). El sueldo mínimo y el bono de alimentación apenas suman 1,3 millones de bolívares.

Además de los alimentos, el bajo poder adquisitivo tampoco permite comprar medicinas, pagar servicios o recrearse, situación que lleva a muchos a convertirse en pedigüeños.

Lisette González, sociólogo y profesora de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) explicó que ese fenómeno puede estar ocurriendo:

Hablamos de indigentes cuando las personas se quedan sin hogar, cuando por problemas de adicciones o mentales terminan en las calles, o los niños que huyen de sus casas porque son víctimas de la violencia. Ahora, lo que estamos viendo es que la situación de pobreza y el no tener acceso a los alimentos, principalmente, está impulsando a muchos a la calle. No tenemos un censo, no es fácil, son sujetos que se mueven de un lado a otro buscando cómo sobrevivir.

González apuntó que los albergues institucionales, habilitados en su momento para resguardar a las personas en condición de vulnerabilidad, están afectados por la falta de presupuesto, razón por la que no tienen capacidad para servir de contingencia al problema.

Sin dinero y sin empleo

La misma Encovi, en su última medición, mostró que la tasa de desempleo abierto se incrementó de 7,4 % en 2016 a 9 % en 2017. Esto significa que un poco más de 220.000 personas se quedaron sin trabajo en el último año.

Entonces, si un trabajador con salario básico no podía proveer alimentos para su familia, menos podrá hacerlo si está fuera del campo laboral.

Eso fue lo que le pasó a Frank Mejías, quien está “en el aire” desde hace siete meses, luego de perder su empleo como obrero de una constructora.

Tengo tres hijos, la más pequeña de un año. Mi esposa tampoco trabaja. Mi familia no me ayuda. No estoy llevando a los más grandecitos (8 y 5 años) a la escuela, pues ya no tengo ni para pasaje. Por eso me vi en la obligación de pedir lo que sea. Me da mucha pena, porque a veces me encuentro a gente conocida. Pero con lo que me dan puedo llevar comida para la casa, dijo Frank.

Él, un hombre de 37 años y que vive en la calle 9 de Los Jardines de El Valle, contó que con su salario compraba ropa, zapatos y que nunca le faltó para la comida de sus hijos. Ya no hay muchas construcciones, la gente no manda a arreglar nada en sus casas y no me podía quedar de brazos cruzados. Espero salir de esta, porque andar pidiendo no es grato.

Esa situación de calle obligada lleva a otra realidad, según indicó la socióloga de la UCAB:

Una vez en la calle pierden los vínculos sociales, es decir, con el trabajo, con la escuela, con las amistades, la familia, con las instituciones formales de la sociedad civil y recuperar eso va a ser difícil. Así regrese toda la comida a los supermercados y se reactive el aparato productivo, recuperar ese contacto con el mundo social no es fácil. La gente se queda atrás, marginada.

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Esclavitud infantil

Y si este fenómeno se trata desde la óptica infantil, es mucho lo que se pierde. Luis Cedeño, también sociólogo y director del Observatorio de Delito Organizado y Paz Activa, agregó que a todo este esquema se suma no solo la trata y el tráfico de personas, sino la esclavitud moderna.

En todo esto hay grupos vulnerables y entre ellos están los niños, las niñas y los adolescentes, pues se tiende a la explotación de esta población y más si están desamparados.  

Para Cedeño, la mendicidad infantil es una forma de esclavitud moderna. No es lo mismo darle comida a un niño que a un adulto. Uno dice que como buen samaritano lo ayuda. Sin embargo, al darle comida, un pan, una empanada a un menor lo estamos esclavizando a la calle. Lo que estamos viviendo es la peor crisis de la historia y lo malo de todo esto es que detrás de esos muchachos hay un adulto, nunca están solos. Está sucediendo que los ponen en una situación de mendicidad para alimentarlo a él y a toda la familia. Cuando, en todo caso, quien debería ocupar ese rol es el padre y no el pequeño.

El dato

Aproximadamente 8,2 millones de ciudadanos ingieren dos o menos comidas al día y las que consumen son de baja calidad nutricional.

Un muchacho de aproximadamente 13 años comentó que vive en uno de los edificios de la Misión Vivienda ubicada en el paseo Los Ilustres, no obstante, pasa todo el día buscando comida para llevar a la casa. En la espalda cargaba un morral tricolor de los que entrega el Gobierno. Dentro tenía restos de pan y de dulces que logró recolectar en una panadería que está en Los Chaguaramos, a menos de 100 metros del edificio de la Procuraduría General de la República.

Pese a su aspecto descuidado no tuvo problemas para entrar al comercio y meterse en la cola de la gente que esperaba el pan. Tocaba los mostradores y pedía sin parar.

No estaba solo: una pandilla de unos ocho chamos aguardaba en la acera ubicada al frente, también con las ropas hechas harapos.

A veces dormimos en la calle. Entre todos nos cuidamos, dijo cuando se le preguntó por qué estaba hasta tarde en la calle.

El muchacho no estudia y no mantiene la higiene básica. Aun cuando tiene donde vivir, a simple vista parece un mendigo.

Pero es eso, es la pobreza que desplazó a los que están realmente en situación de calle. Lo otro es que hay un evento catalizador: las protestas de 2017. Lo que hay en las calles, ahora, y que lo vemos como omnipresente en todos lados, es el remanente de los muchachos de la calle que fueron usados como escudos en esas acciones, confirmó Cedeño.

Como los menores, según el sociólogo, también hay viejitos en sillas de rueda. Los dejan en una esquina, los victimizan, los ponen a pedir. Así están desde la mañana hasta la tarde, cuando los recogen. Eso es una explotación lo que estamos viendo, amparados en el tema de la alimentación.

Profundizando la crisis

—¿Por qué les das comida? —dijo una señora al esposo que partió un trozo de pan para dárselo a un joven que estaba sentado con una bolsa embojotada, a las afueras de un restaurante ubicado por la avenida Solano, muy cerca de Chacaíto.

—Si no le doy comida, entonces va a robar.

Acto caritativo o no, la limosna “hace más daño”, de acuerdo con el director del Observatorio de Delito Organizado. Los ciudadanos le tienden una mano, cuando el que debe dar la respuesta es el Gobierno. Que obviamente no está aplicando las políticas correctas. Por meses el Estado no ha respondido a esos muchachos de la calle que fueron usados en las protestas. No los ha recogido, no los ha institucionalizado. Claramente se les violan sus derechos, de una forma tan flagrante.

Todos juntos como pecadores

Las personas en situación de calle están por los cuatro puntos cardinales de la ciudad. Y se agrupan más donde hay botaderos ilegales de basura, en las iglesias en las que se organizan las ollas solidarias y en las zonas urbanizadas, donde hay gente que se reúne para repartir comidas y en los alrededores de los mercados municipales.

Las casas hogares y los que dependen de instituciones religiosas pueden dar un conteo aproximado del auge.

De hecho, la calle que va de El Sambil de La Candelaria a la avenida México de Caracas, es un termómetro para evaluar lo que está pasando. Desde que amanece, los indigentes se agrupan en fila y a ellos se van sumando otras personas de todas las edades, se les ve con sus ropas limpias, sus carteras. Algunas mujeres llevan a sus hijos en brazos. Otras veces son abuelos que cargan a sus nietos. Pero, en estos casos, no son vagabundos: se trata de esos que, líneas arriba, los expertos ahora meten en el paraguas de los que están en situación de calle.

Luis Francisco Cabezas, director de la organización Convite, tomando como referencia el trabajo que hacen con las casas de abrigo para los abuelos, sí afirmó que está en auge la mendicidad por alimentos.

Sé por el trabajo de Cáritas de Venezuela, cuando organizan las ollas solidarias, que cada vez va más gente. Las cuales, si bien es cierto, tienen un techo donde dormir, no tienen para sobrevivir. Están llegando abuelos con sus nietos agarrados de la mano y cuentan que están solos, que se los dejaron sus padres que se fueron del país. Es una situación muy triste esto que está pasando. También lo pueden ver por Bello Monte, cerca de la plaza El Indio, hay personas que no son de la calle pero que pasan el día entero vagando, esperando a que pasen los carros y les den algo de comida, comentó.

Casas hogares afectadas por la crisis

La situación empeora cuando de los comedores populares y las casas de atención, muchas están cerrando o abarrotadas, precisamente porque no pueden mantenerse, destacó Cabezas.

Ejemplo de ello es la Casa Hogar El Valle, donde, según la hermana María de Los Ángeles, están sobrepasando la cantidad de atención.“Y las condiciones económicas no ayudan. Cada vez viene más gente. Son familias enteras, hasta indígenas nos han llegado cuando hacemos los operativos especiales. Todo este fenómeno se viene dando desde este año”, acotó.

Este centro tiene cuatro años abierto. Comenzó atendiendo hombres con problemas de adicción y de comportamiento. Ahora, en una sola jornada extraordinaria —que se hace dos veces al mes— al centro de atención puede llegar hasta 200 personas.

En cuanto a la medida diaria, pueden recibir hasta 80 personas, cuando en sus inicios eran cerca de 50. Llegan niños, mujeres, abuelos que no han comido durante todo el día. Les piden que les laven la ropa, algo que la casa hogar contempla entre sus beneficios a la comunidad.

“Hasta eso es difícil, conseguir el jabón incluso para que se bañen no es fácil. La comida tampoco lo es. Recibimos donaciones, pero cada vez es más la gente que está en situación de calle, por la pobreza”, indicó la religiosa.

Sin respuesta gubernamental

Tres semanas antes de la publicación de este trabajo se hizo el trámite correspondiente ante la Misión Negra Hipólita, con sede en la avenida Universidad.

El coordinador del centro que está ubicado en el antiguo edificio El Chorro, cuyo nombre pidió reservar, dijo que no estaba autorizado para dar información sobre el funcionamiento de la Misión creada el 14 de enero de 2006 por el fallecido presidente Hugo Chávez.

Sin embargo, destacó que en Caracas hay cinco centros de atención. Entre ellos el de la avenida Universidad, uno en Quinta Crespo y otro en San Bernardino.

Otro funcionario comentó de manera extraoficial que sí ha subido el número de ciudadanos solicitando ayuda: techo y comida, sin revelar un número exacto.

Se hizo el trabajo de observación y durante los 15 minutos tratando de indagar sobre el funcionamiento del programa tres personas llegaron pidiendo comida y los voluntarios llevaron a dos indigentes.

Mientras no haya respuesta oficial a lo que ocurre, el sociólogo Luis Cedeño concluyó que todo este problema social tendrá repercusión más adelante, pues son niños, jóvenes y adultos que tienen que ser institucionalizados, independientemente de que llegaran a la calle por problemas de adicción o mentales. “Ellos son ahora los pobres que están desplazando a los típicos pedigüeños”, sentenció.  

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Fotos: Francisco Bruzco @bruzco1


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