La abogada y coordinadora de Encuentro, Justicia y Perdón, Martha Tineo, compartió con Crónica Uno los pilares de su activismo. Para la defensora de derechos humanos, la reciente excarcelación de Emirlendris Benítez, tras ocho años de prisión, renueva la esperanza en la defensa de los presos políticos en el país.

Caracas. Fue un abrazo de apenas segundos para quienes desde sus casas pudieron verlo, pero para Martha Tineo, abogada y coordinadora de la ONG Encuentro, Justicia y Perdón, correr a los brazos de Emirlendris Benítez a su salida del Instituto Nacional de Orientación Femenina (INOF), fue un momento eterno que reforzó en su mente y en su espíritu la esperanza de que vale la pena seguir luchando.

Luego de ocho años privada de libertad y sometida a torturas y vejámenes, el desenlace del caso de Benítez, excarcelada el 14 de agosto, es un logro para activistas como Martha que ha dedicado más de una década de su vida a la defensa de los derechos humanos. 

En el trabajo de Martha, abogada especialista en Derechos Humanos (DDHH) y Criminalística, es posible encontrar décadas de esfuerzo y lucha incansable por las víctimas. Pero ella no se cree heroína, en cambio cuestiona cada día si lo que hace es suficiente y remarcando que “si nos quedamos callados, ¿quién va a hablar?”

“Ver que esto se logra me refuerza la esperanza, una esperanza con prudencia, con muchísima cautela, control de expectativas y grandísimos desafíos, pero demuestra que hay una posibilidad, un segundo 3 de enero. Si logramos tumbar este muro, pana, vale la pena seguirle dando”, remarca en entrevista con Crónica Uno.

Para la abogada, el caso de Emirlendris, sin ser más importante que otros, es solo una muestra del drama de los presos políticos por los que hay que seguir trabajando.

Martha es cofundadora de la ONG Encuentro, Justicia y Perdón | Foto: Gleybert Asencio


“Ahorita estoy feliz porque me abracé con Emirlendris, pero sigo pensando que quedan 448 presos políticos más. Hay que mantenerse enfocado”, dice Martha mientras sigue “desarrollando la compasión como músculo” y el “acompañamiento amoroso” como sus mejores armas.

Martha Tineo
Es abogada, especialista en Derechos Humanos y en Sistemas de Justicia Internacional | Foto: Gleybert Asencio

— ¿Y cómo haces tú para acompañar a una persona que está en dolor?

— Para mí, la conexión desde lo humano es lo más importante. En el caso reciente de Emirlendris, teníamos una promesa: que el día que fuera, a la hora que fuera, yo iba a estar allí. Fue una gracia que me concedió Dios. La semana anterior había estado en Washington por la audiencia de la CIDH y justo pasa todo estando yo aquí en Caracas. Estaba conectada a una reunión por Zoom, un rollo del tamaño del mundo, cuando veo que me llama ella. Ya tenía información de que había movimientos, me descolgué de la reunión, atendí el teléfono y me dijo: «Ven a buscarme». Salí como una loca a buscar a su mamá, a Melania, y al hijo de Emirlendris, Santiago, que cumplía 13 años el 10 de agosto, es decir, tenía 5 años separado de su mamá.

Cuando llegué a buscarlos, Santiago se me lanzó encima y me dijo: «Mi regalo de cumpleaños». Y cuando llegamos con ella, nos lanzamos encima, que es el video que todos vieron, yo encaramada sobre ella. 

Foto: Gleybert Asencio

Este caso no es más importante que ningún otro, hay que decirlo, pero te permite mostrar la crudeza y el horror de lo que ha pasado. Detesto hablar de casos emblemáticos, pero sin duda hay casos que te permiten decir: «Mira, esta es la realidad». Y si no logras comprometer al mundo a movilizarse ante semejante horror, dices: «Así de podrida está la humanidad». Fueron ocho años contando ese horror, y aunque la gente se horrorizaba, no lográbamos mover las cosas.

Yo cada día me pregunto si estoy haciendo todo lo que puedo hacer y si no hay algo que está faltando. Eso te convierte en tu peor enemigo porque te genera una inconformidad natural y no tienes paz, siempre estás con un reto cotidiano de ponerle límite a esa locura. Cada día eres distinta porque cada historia es única e irrepetible.

—¿Qué crees tú que es lo más valioso que tienes como persona de este trabajo de activismo?

— Tocar vidas. Yo creo que es la posibilidad de acompañar a personas que sufren y sentir que puedes de alguna manera alentar, cambiar, mejorar o, por lo menos, acompañar amorosamente ese momento tan difícil y oscuro. Por eso tengo la conciencia de cómo hago para defender, pero no desde la frialdad de un tribunal únicamente, sino para que la persona se sienta más que defendida, acompañada, respetada y valorada. Al final, todo esto afecta la dignidad de los seres humanos.

Mientras logramos reivindicar y recuperar esa dignidad golpeada, hacer justicia y lograr la reparación integral, vamos a darle nosotros un poco de luz y a acompañar hasta que lo logremos. No podemos esperar la frialdad de una sentencia, porque la vida se va todos los días a cada instante.

El caso de Geraldine Moreno, asesinada durante las protestas de 2014, fue el impulso para crear la ONG de la que es parte. Foto: Gleybert Asencio

— ¿Sientes que has tenido que cambiar algo de ti para poder hacer este activismo? ¿Eres una persona distinta desde 2014 hasta ahora?

— Siempre he sido muy así. A mí nadie me dijo que esta era la ruta, uno decide transitarla porque así siente, vive y vibra con el mundo. Pero responsablemente decides formarte y adquirir herramientas para hacerlo bien, para cuidar protegiendo y no irrumpiendo ni revictimizando. 

Me afecta muchísimo cuando, en el ejercicio de visibilizar casos, se cruza la línea a la revictimización y la víctima termina siendo un instrumento para potenciar contenidos. Yo puedo saber cuántos prisioneros políticos han sido víctimas de violencia sexual. Pero nunca lo voy a decir públicamente, porque hay un tema de dignidad comprometida. No podemos defender la dignidad afectándola nosotros mismos.

Definitivamente la vida te cambia a cada instante. En cada comunicación con víctimas hay algo que se queda en ti: se va desarrollando la compasión como un músculo y vas entendiendo que las emociones no son ni buenas ni malas, sino un indicador de cómo estás reaccionando. 

Foto: Gleybert Asencio

—¿Qué ha sido lo más difícil o doloroso que has tenido que sacrificar en este proceso?

—Más que difícil, lo más doloroso para mí han sido las implicaciones que esto ha tenido en mi familia. Tú decides hacer esto con libertad, pero el que te respeten y te apoyen no niega que a ellos les cause angustia, dolor y tristeza. Lo doloroso es darte cuenta de que tú decidiste algo, pero eso impacta en la gente que amas. Mi mamá me ama, me apoya y se siente orgullosa, pero vive con el «ayayay» en la boca todos los días, y ella no lo decidió, igual mi pareja o mis hermanos.

Entiendes que estás dejando de vivir unas cosas por vivir otras, y aunque no lo hago desde el martirio ni la pose de heroína, porque al final estoy haciendo lo que me da la gana, que para mí es el concepto del éxito. Eres consciente de que impactas en tu entorno. 

Definitivamente la vida te cambia a cada instante. En cada comunicación con víctimas hay algo que se queda en ti: se va desarrollando la compasión como un músculo y vas entendiendo que las emociones no son ni buenas ni malas, sino un indicador de cómo estás reaccionando. 

—¿Por qué la defensa de los presos políticos como bandera? 

—Desde mi pregrado en la UCV ya hacía voluntariado penitenciario; siempre supe que esto era lo que quería hacer. Terminé mi carrera un julio y en septiembre ya estaba haciendo el posgrado de Derechos Humanos. Incluso fui miembro del grupo fundador de la Defensoría del Pueblo en diciembre de 1999.

En el 2014, cuando empieza todo esto, algunos grupos me llaman para documentar y llevar casos ante instancias internacionales, gracias a mi especialización en sistemas de justicia internacional y llegó Rosa Orozco a mi vida en una reunión con mamás de muchachos asesinados para asesorarlas, y cuando me di cuenta, ya estaba metida en esto.

Empecé a ver los casos de asesinados en el contexto de manifestaciones pacíficas y a identificar patrones idénticos en Valencia, Barquisimeto, San Cristóbal, Maracay y Caracas. Aquello superaba el umbral de violaciones de derechos humanos: era un crimen de lesa humanidad y de persecución por razones políticas, ejecutado a través de asesinatos, detenciones masivas, desapariciones forzadas y torturas. 

En febrero de 2017, milagrosamente logramos formalizar el registro de la organización, casi imposible en ese momento para temas de derechos humanos, y en marzo nos tocó la crisis con una organización ya constituida para enfrentar la avalancha de casos.

Foto: Gleybert Asencio

—¿Alguna vez te has sentido realmente en peligro o con miedo?

—Evidentemente he sentido miedo, pero las emociones se pueden racionalizar. A mí el miedo me moviliza. Lo que me da pánico es la impunidad y que el dolor de esas personas no sea reparado ni reconocido. Por eso en la organización insistimos tanto en la construcción de memoria. El museo de realidad virtual, los documentales y los recordatorios diarios. Recordar es hacer justicia y repara, además de crear conciencia para generar garantías de no repetición.

Para protegernos, hemos manejado un mensaje sumamente institucional y riguroso. Nada de lo que decimos está suelto; hay verificación y corroboración detrás. En tantos años y tantas publicaciones, jamás ha habido un desmentido de un pronunciamiento de nuestra organización porque no hay nada falso. 

Aprendimos a hablar con absoluta rigurosidad, institucionalidad y un lenguaje no confrontativo, pero contundente. ¿Miedo? Sí. ¿Paralizante? No. Y las víctimas son el motor de todo esto; cuando te llaman en la mañana para decirte lo que pasó, ¿cómo vas a ser indiferente? La centralidad está en las víctimas, son nuestra brújula, y a una víctima no la van a manipular nunca.

—¿Cómo funciona el esquema de acompañamiento que han diseñado para las víctimas?

—Lo primero es aplicar un consentimiento informado riguroso: le explicamos a cada víctima qué hacemos y cómo lo hacemos, y visibilizar o no un caso es absoluta decisión de ella. A partir de ahí levantamos expedientes sólidos con actas y declaraciones.

De ahí se despliegan dos vías simultáneas, el acompañamiento jurídico: Asesoría, documentación, presentación ante instancias internacionales, denuncia e incidencia y el acompañamiento psicológico, para sostener a las personas. 

Aunque la organización no tiene psicólogos fijos por recursos, hemos establecido valiosas alianzas institucionales con organizaciones como Psicólogos Sin Fronteras Venezuela, el servicio psicológico de Cofavic, o contratamos terapias específicas cuando logramos sumar apoyos.

—¿Cómo se sostiene económicamente una organización y un activista?

—Las organizaciones de la sociedad civil hacemos nuestro trabajo gracias al apoyo de otras personas, lo cual no significa perder la independencia. Tenemos un mandato que es documentar y acompañar, y hay quienes deciden apoyar esa gestión. No es que alguien te pague para que hagas algo, sino que consigues apoyo para poder hacer lo que decidiste hacer.

Foto: Gleybert Asencio

Lamentablemente, en Venezuela esto fue criminalizado bajo la narrativa de que estamos financiados por terceros. Nuestra mayor fuerza es la credibilidad y la absoluta transparencia. Pero debo reivindicar la infinita solidaridad de los venezolanos y de la gente de afuera que nos apoya.

Esa es la historia que nadie cuenta. Mientras los detractores inventan que nos pagan giras de lujo, la gente organiza cenas benéficas, nos apoya luego de años en los que luchamos por sus casos. Pero lo vale, porque cada pequeña grieta en ese muro de concreto demuestra que vamos avanzando.

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