Las secuelas del doblete sísmico de junio sacudieron la vida en la torre Serenísima Sur de Caracas. Sus familias conviven entre muros colapsados y el desalojo temporal mientras las labores de demolición técnica intentan devolverles algo de serenidad a los residentes y seguridad a sus viviendas.

Caracas. Un rugido subterráneo de aproximadamente 60 segundos bastó para desintegrar la intimidad y la mampostería del edificio Serenísima Sur, en el centro-norte de la ciudad. El 24 de junio pasado, el doble terremoto de magnitudes 7.2 y 7.5 que sacudió la costa central de Venezuela, ocasionó graves colapsos en Caracas y dejó más de 6500 muertos, según el último parte oficial divulgado a finales de agosto.

El violento sacudón sorprendió a Evelyn Luna en el piso cinco del edificio Serenísima Sur, ubicado en una de las avenidas más transitadas de Caracas y hogar de 72 familias. Con su hijo de 17 años, diagnosticado con trastorno del espectro autista, a su lado, Luna intentaba protegerlo mientras las divisiones del apartamento caían a pedazos.

“Mi hijo es una persona autista, no reaccionaba, no grita, no nada. Solo me abrazaba duro”, confesó Luna a Crónica Uno.

A pesar del colapso parcial de la vivienda, la angustia inicial ha dado paso a una frágil resignación. Hoy, Luna afirma estar más tranquila, aunque confiesa que aún alberga algo de temor.

La alteración de la rutina diaria ha impactado severamente en la estabilidad del joven, lejos de su entorno habitual y de su madre, quien, en calidad de miembro de la junta de condominio, debe acudir con frecuencia a la edificación para supervisar las labores de restauración.

El éxodo tras la sacudida

Durante el doblete sísmico, el pánico se apoderó de cada rincón de la vivienda. Mientras la pared del edificio cedía, la mascota familiar huyó desorientada en medio del caos, lo que demoró la evacuación de Luna.

“El edificio se movía para todos lados, al caer parte de la pared de mi sala mi gata huyó. Tardé en encontrarla”, narró.

Los fuertes temblores y las sucesivas réplicas obligaron a los damnificados a reaccionar con rapidez para rescatar sus documentos y pertenencias básicas antes de abandonar el inmueble de 12 pisos. La primera noche tras la catástrofe, la totalidad de los residentes pernoctó a la intemperie en la adyacente plaza de Los Liceos.

Posteriormente, Luna y su hermana alquilaron un reducido espacio en la zona de Longaray, en El Valle, una populosa parroquia residencial ubicada en el sur del valle caraqueño. Ahí habitan temporalmente seis personas bajo duras condiciones de hacinamiento, falta de suministro de agua y altas temperaturas.

“Es una sensación terrible, estamos fuera de nuestra zona de confort. Es un espacio pequeño, somos seis personas, nunca hay agua, hace demasiado calor, pero nos mantiene la esperanza de retornar pronto a casa”,

dijo.
Foto: Gleybert Asencio

Desde el 20 de agosto pasado, la Gobernación del Distrito Capital ejecuta la demolición controlada de las partes afectadas. Las labores están proyectadas para concluir en un mes, al menos la primera etapa.

Paredes invisibles

El impacto de la onda sísmica dañó gravemente la mampostería de las paredes medianeras, aquellos tabiques internos que delimitan la propiedad y separan los diferentes apartamentos entre sí, en los seis primeros niveles de la torre.

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Foto: Gleybert Asencio

Esta circunstancia ha eliminado las separaciones internas entre los apartamentos, obligando a los vecinos a convivir en un insólito y forzado espacio común. Para Yomayra Bastidas Briceño, de más de 60 años, la ausencia de límites arquitectónicos se ha convertido en una dura prueba diaria, marcada por el polvo constante de los derribos.

“No tener mi pared medianera no me molesta, ni me aterra, lo único que me da miedo es la grieta que tengo en mi cuarto y la grieta de mi sala que da hacia la fosa de los ascensores”, relató Bastidas.

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Foto: Gleybert Asencio

A pesar del temor que le producen las grietas estructurales que comunican con el hueco del ascensor y del polvo omnipresente que afecta su salud y la de su hija, la residente asume la situación como un sacrificio transitorio indispensable para la reconstrucción del bloque.

“Es una batalla constante con ese polvero”, agregó.

Foto: Gleybert Asencio

El abismo del hueco del ascensor

La fractura de los tabiques centrales en la cuarta planta dejó al descubierto el vacío de la fosa de los ascensores. Esto convirtió al pasillo en una trampa mortal improvisadamente protegida con tablones de madera.

Mauro Suezcun, uno de los propietarios damnificados, rememoró con la voz entrecortada el instante en que la estructura de su cocina se desmoronó por completo, frente a sus ojos, antes de poder huir con su esposa.

“Ese día estábamos en la cocina y vimos como todo caía ante nuestros ojos, como pudimos salimos mi esposa y yo”, expuso.

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Foto: Gleybert Asencio

“Cuidado con la fosa de los ascensores”, expresó Suezcun durante el recorrido. El propietario, en un intento de protección, de manera improvisada, colocó varias tablas como una especie de barandal.

En medio de la visita, Suezcun evaluaba los daños de su piso cinta métrica en mano, a la espera del material necesario para aislar su vivienda de las zonas comunes. Sin embargo, la intervención avanza a paso lento.

A cuentagotas

La falta de insumos de construcción paraliza frecuentemente las obras, pues la demolición de fachadas exige la sustitución inmediata de los bloques para no dejar los hogares expuestos a las inclemencias del tiempo.

“Cuando no hay materiales coordinamos para que puedan ir demoliendo de manera controlada algún apartamento”, agregó Luna.

Con todo, la incertidumbre persiste entre los propietarios de la torre Serenísima Sur, quienes continúan a la espera de que los equipos de trabajadores reciban el suministro constante de insumos para agilizar los trabajos. Esa es la única forma de garantizar la seguridad estructural requerida antes de que puedan volver a habitar sus viviendas.

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