Quienes dependen del ingreso diario salen a la calle a ganarse el sustento. A pie o en carro se trasladan a donde sea y se resisten a la restricciones de seguridad y al sobreprecio de la gasolina. Amanecen en cola para buscar combustible, materiales o repuestos. Conozca la historia de tres venezolanos que evaden las dificultades para subsistir en cuarentena.

Caracas. Evaden alcabalas y amanecen en colas kilométricas para surtirse de gasolina y pagarla en dólares. Los que no tienen carro emprenden largas caminatas para ofrecer sus servicios a domicilio, sea donde sea, con tal de ganar algo de dinero que les alcance para subsistir. 

A más de un mes de ser decretada la cuarentena, trabajadores informales que dependen del ingreso diario salen a la calle y desafían las restricciones para no morirse de hambre y sacar adelante a sus familias. Conozca los relatos de tres caraqueños que se dedican a diversos oficios y que se reinventan:

En el taller de autos RTR, el ronroneo de los motores comienza temprano. Allí, entre carburadores, motores y cauchos, Rodolfo Dordelly, su hijo y tres mecánicos se organizan para la faena como en cualquier día pero con menos clientela. Desde que empezó el estado de alerta son pocas las reparaciones que hacen por semana aunque ofrecen servicio técnico a domicilio en toda la Gran Caracas. 

De 20 vehículos que reparaban por semana ahora con suerte revisan y arreglan 10 si alguien los llama. Y eso también depende de la disponibilidad de repuestos que tengan en el taller. A veces para conseguirlos deben caminar o dirigirse a zonas populosas por intrincados trayectos en busca de alguna pieza.

La gasolina convertida en negocio

«Vamos a muchos sitios. Incluso hemos llegado a San Antonio de los Altos. Conocemos los caminos verdes y llegamos a donde esté el vehículo aunque no podemos tomar la autopista ni tenemos salvoconducto», explicó Dordelly.  

Pero la reducción de la carga de trabajo y las restricciones de la circulación no son nada comparado con la dificultad que representa abastecerse de gasolina por la escasez, las interminables colas y los exacerbados precios del combustible. 

A Dordelly le ha tocado madrugar y hacer frente a la especulación. En las bombas de gasolina le venden hasta el cupo para incorporarse en la fila. Y eso no es todo, la pimpina de 20 litros que pagó la semana pasada en $20 ahora triplicó su precio a $60.

A su taller también llegan motorizados a ofrecerle el litro de combustible en tres dólares, muy por encima de los seis bolívares fijados por litro de forma oficial.  

Llenan sus tanques tres veces en distintos lugares y ahora tienen un mercado con eso. Pero aquí buscamos la forma de trabajar con lo que tenemos para ofrecer un buen servicio a precios razonables«, aseguró.

El relato de Dordelly representa al grueso de la población activa que se dedica al sector terciario de la economía. Para el año 2017 la encuesta Encovi revelaba que de 13,1 millones de venezolanos, 37,5 % trabajaba por su cuenta. Hoy día la proporción es mayor. De 100 venezolanos, 47 en promedio trabajan en el sector informal, según cifras de la consultora Datos. Este 17 de abril la Alianza Sindical Independiente denunció que cinco millones de trabajadores informales viven en situación de pobreza por acatar las medidas contra el COVID-19

«Reajusté mis precios para sobrevivir» 

Carlos Delgado se dedica desde hace 10 años al cuidado de pies y uñas. Es podólogo y quiropedista. Tiene su consultorio en la torre Humboldt y atiende previa cita, pero ahora en cuarentena se traslada en moto a cualquier parte de Caracas. 

No importa si lo contactan desde el este u oeste de la ciudad. Para Delgado, lo más complejo del aislamiento social ha sido equilibrar sus gastos y sobrevellar el aumento de los precios de la comida, los materiales para trabajar y, en especial, del combustible.

Dupliqué el costo de mi servicio básico para pagar la gasolina y tener algo de ganancia porque todo se disparó y así es difícil mantenerse«, dijo.

En cuatro semanas de cuarentena, la sesión mínima de quiropedia con Delgado pasó de dos a cinco dólares en las zonas cercanas a Santa Fe donde reside el especialista. En cambio para sectores más apartados el servicio básico puede aproximarse a los 20 dólares. Y eso no incluye tratamientos especializados. 

El incremento de sus tarifas sumado al aislamiento social también redujo la demanda de sus servicios. Ahora semanalmente Delgado atiende entre 10 y 15 personas en sus hogares mientras que antes asistía a más de 30.

Pese a las dificultades asegura que muchos de sus clientes han aprovechado el tiempo libre para someterse a procedimientos más complejos y costosos. Eso le permite compensar el precio de los insumos que usa en cada sesión como guantes, alcohol, gasas y algodón. «Por ahora solo pido que no me se dañe la moto. Con esta situación no sabría qué hacer ya que no se pueden ni comprar repuestos», dijo. 

Peluquerías y tiendas a media máquina

En la parroquia San Juan, por Quinta Crespo y San Martín se venden alimentos y medicinas, pero también se ofrecen todo tipo de servicios de forma simulada. Peluquerías, ferreterías y abastos reciben a sus clientes muy temprano. La mayoría abre solo una puerta del local para que las personas entren de uno en uno. Quienes pueden complementan el ingreso diario trabajando también  a domicilio por los alrededores del casco histórico de San Martín. Más de 200 vendedores informales se pasean por calles y avenidas ofreciendo estas alternativas. 

Andrés Rivero, vocero de la parroquia San Juan, explicó que a la mayoría de trabajadores los mueve la necesidad de comer y pagar sus alquileres, que se siguen cobrando. «Aquí la noche en una pensión está en $10 y la mayoría de vendedores vive de esa forma. Es imposible que no salgan a trabajar como sea para sobrevivir o tener un techo». 

Un día a pie y otro día en carro

A Giovanni Campos se le ve caminar por Prados de María y Santa Fe con un cargamento de bolsos sobre el hombro. Allí lleva cables, destornilladores y todo lo necesario para reparar computadoras, televisores y equipos electrónicos en general. Ese es su oficio desde hace 18 años. 

Viajamos hasta Barquisimeto para arreglar una PC. Íbamos a cualquier parte del país pero desde que empezó el problema con la gasolina y la cuarentena todo eso se acabó».

Ahora Giovanni y su socio, quien posee un vehículo, se dedican solo a atender las llamadas de sus vecinos. Cuando no tienen gasolina se movilizan a pie por las cercanías. Cada revisión tiene un costo de cinco dólares. También sobreviven de la venta de equipos y repuestos, herramientas que han tenido mucha demanda desde que cerraron ferreterías y tiendas tecnológicas por el aislamiento. 

«Antes hacíamos hasta 1000 dólares semanales. Ahora resolvemos con 200 o 100 dólares para comer exclusivamente mientras todo esto pasa. Ojalá que sea pronto porque así nada se sostendrá por siempre«, indicó.


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