Entre bullicio, bululú y remates los vendedores informales retomaron espacios de La Hoyada

vendedores informales

A gritos de “¡a la orden!” o “tres por cinco dólares” los vendedores informales abarrotan los alrededores de la estación La Hoyada y rematan mercancía dependiendo de qué tan movido esté el día ante el temor de volver a casa sin el ingreso diario. La falta de cambio dificulta las transacciones en dólares, y hacer pago móvil se complica con el gentío y la bulla.

Caracas. “Si te decides, estamos aquí de lunes a lunes, excepto los miércoles porque no nos dejan, aprovecha porque viene diciembre y suben los precios”, le decía Dayana* a una mujer que, para salir de paso, aprovechó que estaba por la zona para “comprarle un detalle de cumpleaños” a su sobrina de tres años. 

En la plaza Francisco Narváez, aledaña a la estación La Hoyada del Metro de Caracas, los pasos acelerados de la gente y el bullicio están a la orden del día, aunque eso no necesariamente se traduzca en mejores números para los vendedores informales que abarrotan los peldaños y aceras del lugar. Los pequeños parques infantiles pasaron a ser sitio de descanso de los vendedores y el único espacio vacío, las canchas, funge como baño ante la falta de un sitio apto.

En una de las escaleras que va hacia la avenida Universidad, Dayana, de tez morena, con más de 50 años y dos hijos, vende juguetes y accesorios infantiles como lazos, ganchos y sujetadores, con precios que varían entre $1 y $5, pero que en ocasiones puede rebajar dependiendo de qué tan movido sea el día. 

Foto: Alberto Torres

La rutina de quienes pasan por allí suele repetirse: ven los productos, preguntan precios, murmuran con el de al lado –si están acompañados– y se van. “Yo paso el sábado”, dice un joven luego de escuchar el precio de un par de zapatos, pero a mitad de frase lo interrumpe Kevin, el vendedor:

—“Ya va, pero espérate, si te llevas dos pares ahora mismo te los dejo en 15 dólares, y si tienes sencillo lo bajamos a $14, siete dólares cada par”.

El intento –infructuoso– no fue el primero de la jornada ni el último para Kevin. “Hay días buenos y días malos, a veces haces 20 dólares o más, otros vuelves con cinco o menos”, asegura. Al igual que Dayana y otros vendedores informales de la zona, Kevin apela hasta la máxima rebaja posible para concretar la venta.

Según cifras recientes de la Encuesta Nacional sobre Condiciones de Vida (Encovi), este año hay 4,4 millones de empleos formales menos que en 2014, una reducción de 21,8 %, y los trabajadores por cuenta propia ya forman 51,7 % de la población ocupada laboralmente, aunque en promedio el empleo por cuenta propia da remuneraciones de cerca de 33 dólares al mes.

Foto: Alberto Torres

En comparación con negocios aledaños y otros puestos informales, los precios en ese mercado improvisado en la plaza Francisco Narváez son más bajos. Las franelas, shorts y monos para niños y adolescentes varían entre $2 y $7; las imitaciones de perfumes cuestan entre $1 y $2, mientras que sandalias y zapatos tienen precios de entre $2 y $10. 

Aún así, los potenciales compradores lo piensan, bien sea por la calidad del producto como porque lo han visto a mejor precio en otro lugar. Los métodos de pago son otro de los inconvenientes que encuentran los vendedores ambulantes de allí y otras zonas de La Hoyada, que sin puntos de venta acuden al menudeo o los pagos móviles como último recurso. 

Mira, no tengo cambio para (el billete de) cinco dólares, lo que podemos hacer es que te doy dos refrescos o dos maltas del puesto de mi primo como vuelto”, le explicaba un vendedor de perfumes a un cliente que esperaba $2 de cambio por su compra de tres productos. El cliente, a regañadientes y ante la falta de opciones, aceptó.

La falta de billetes de baja denominación ha sido una constante en las transacciones desde finales de 2020 y dificulta concretar ventas en un país donde más de 60 % de las compras se realizan con monedas extranjeras. Ante la problemática, el gobierno y la banca propusieron a principios de año la entrega de vueltos mediante pagos móviles, pero en los puestos ambulantes de La Hoyada el bullicio y el bululú de personas a veces vuelven impracticable esa modalidad.

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Foto: Gleybert Asencio

Y precisamente el alto número de personas que pasan por la plaza es la razón por la que cada semana flexible llegan más vendedores informales al lugar. Julio Pareda, quien vende shorts y franelas confeccionados por su esposa, señala que, como él, parte de quienes exhiben sus mercancías encima de sábanas y alfombras en toda la entrada de la estación del Metro tienen sus propios puestos en los mercados populares aledaños.

Por aquí pasa muchísima más gente, que de repente les gusta una prenda y puede que se la lleven, o se les hace una promoción para no perder la venta. Allí (en el mercado construido justo al lado de la estación del BusCaracas) solo se le vende a los pocos que entran”, cuenta.

Bajo horas de sol, con temperaturas que al mediodía llegan hasta 30º C y sin suficientes árboles para ventilar o agarrar sombra, Julio cuenta que llegar a casa con las manos vacías “forma parte de la lotería”, pues si bien en un buen día puede ganar entre 40 y 70 dólares por las ventas, hay semanas en las que ese buen día puede ser el único en que logre vender. 

En semanas radicales, además, el panorama es menos favorable, pues las autoridades no permiten el mismo “desorden” ante el que se hacen la vista gorda en las flexibles, y los vendedores informales tienen que devolverse a sus puestos en mercados de la ciudad o a otros sectores de La Hoyada. Ya las 3:00 p. m. se da la orden de desalojo del lugar, que termina produciéndose antes del atardecer, cuando cae el ritmo de personas.

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Foto: Alberto Torres

“Por eso es que escuchas tanto ‘¡a la orden, a la orden!’ o ‘¡tres por cinco dólares! que hasta a nosotros nos aturde, pero si no es así se nos va el día sin vender ni una media”, dice Julio.


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