Complacer a los peruanos es tarea compleja, insertarse en su sociedad es más difícil todavía. Encuestas recientes indican que 67 % de los nacionales de ese país andino desaprueban la inmigración de venezolanos que ya ronda las 860.000 personas.

Lima. Cuando llegué a Lima en octubre de 2017, mi familia y yo abrimos un negocio de comida venezolana, a base de arepas, empanadas, tequeños, patacones, tisana y chicha de arroz, distinta a la chicha de maíz morado que hacen aquí.

Al principio, por la novedad, tuvimos buena acogida, pero conforme iban pasando los meses, nuestra propia clientela comenzó a pedir comida peruana.

Evidentemente, y como estábamos nuevos en este país, no conocíamos a fondo la preparación de sus platillos. De hecho, en una ocasión preparamos lomo saltado, una de las exquisiteces limeñas, y como quisimos añadirle algunos vegetales más, los clientes reclamaron de manera desproporcionada.

Así fueron pasando los meses, y en marzo de 2018 decidimos cerrar definitivamente al comprobar que nuestras arepas, empanadas, tequeños y patacones no tendrían punch. Al mirar lo que ocurría con otros compatriotas, verificamos que la situación no ha sido muy diferente para ellos.

62 % de los venezolanos se ha sentido discriminado en Perú por su nacionalidad, según el más reciente informe de la agencia de la ONU para los refugiados.

A nadie le gusta abordar el tema de la xenofobia, pero en Perú existe y se sufre en dos aspectos bien diferenciados: la xenofobia interna y la externa.

En general, se diría que, a los naturales, sobre todo de las ciudades grandes, no les agrada la presencia de extraños, sean o no peruanos.

La violencia de Sendero Luminoso en los ochenta provocó el desplazamiento de los habitantes de la sierra. Trajeron a Lima su cultura, su gastronomía, sus modos de ser, lo que desagradaba a los limeños. “Cholo” o “serrano” se convirtieron en improperios, y fue tal la situación, que el Estado tuvo que imponer normas de corte constitucional contra la discriminación.

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Los extranjeros no se quedan atrás. Un estudio de opinión pública reseñado en el diario El Comercio en abril de este año indica que 67 % de los limeños desaprueba la inmigración de venezolanos, 54 % considera que aumentan la delincuencia en el país y 46 % piensa que fomentan el desempleo o le quitan puesto de trabajo a los peruanos.

Es una situación que a diario se vive en el Perú, sobre todo desde la mirada del ciudadano, cuya visión respecto a este tema se tamiza con la difusión negativa de los medios amarillistas (los más leídos del país) y la magnificación en redes sociales.

Dificultades de interacción y planificación

La interacción diaria con las personas suele ser difícil en Perú. En los mercados populares te suben los precios adrede al ver que no eres de aquí, o que tu dejo al hablar no es de por estos lados.

En dos ocasiones y mercados diferentes, dos señoras me atacaron por ser venezolana. Una me envió de nuevo a mi país y la otra sencillamente me agredió porque “las venezolanas vinieron a robarse nuestros maridos”, insultos incluidos.

Pero lo más álgido fue cuando me matriculé en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos para cursar un posgrado. Como uno de los requisitos era una entrevista, llegué y me senté al lado de un señor quien, al mirarme, me preguntó: «¿Eres chilena?». «No», le respondí. Acto seguido me preguntó mi procedencia, y como no tengo razones para negarlo solté mi «soy venezolana» con sonrisa como bonus. “Ah, ¿o sea que en Venezuela también hay académicos?”.

La verdad no quise entender la pregunta y respondí que sí, que a Perú no solamente han emigrado los delincuentes con los que suelen disfrutar los medios de comunicación divulgando morbosamente, sino también hemos emigrado gente de bien, desde personas muy humildes y poco instruidas hasta, sí, intelectuales y académicos.

Pese a que el gobierno peruano tomó medidas para controlar la migración venezolana, el ingreso de connacionales a Perú se incrementó rápidamente de 225.000 en 2017 hasta llegar a más de 860.000 en estos momentos, lo que ubica a este país como el segundo que acoge más venezolanos después de Colombia.

De lo que sí hay evidencia es que Perú no tiene ni los planes claros y concretos sobre qué hacer con la migración venezolana, ni la infraestructura para atender a los que han llegado y llegarán.

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Estados Unidos, Corea del Sur, Canadá y muchos otros países han realizados aportes importantes en dólares con el fin de ayudar a los venezolanos. No obstante, más allá de la ampliación de oficinas en la Superintendencia de Migraciones o la puesta en servicio de algunas facilidades para que los venezolanos gestionen algunos documentos, no hay mayor evidencia de los destinos de ese dinero, cuyo importe exacto no es claro.

Al momento de entrega de este reportaje, el presidente de la ONG Unión Venezolana en Perú, Óscar Pérez Torres, no ha respondido el llamado para una entrevista a fin de clarificar estos aspectos.

Xenofobia desde el poder

Aunque las cifras demuestran que proporcionalmente los actos delictivos cometidos por venezolanos no son la mayoría de los que suceden en el país, algunos gobernantes locales han tomado medidas con base en la falsa premisa de que la delincuencia ha aumentado debido a la presencia de connacionales.

Esas medidas han sido tildadas de xenófobas e, incluso, condenadas por el poder central. Por ejemplo, antes del cierre del Congreso, la parlamentaria de Fuerza Popular, Esther Saavedra, solicitó al presidente Martín Vizcarra que cerrara las fronteras para que el país no se convirtiera en “el patio fronterizo de América Latina” y que sacara a los inmigrantes venezolanos.

Del mismo modo, este año, el alcalde de la ciudad de Huancayo, Henry López, anunció que decretaría un “Huancayo libre de venezolanos”, y la municipalidad de Pisco, ubicada al sur del país, solicitó en octubre que los venezolanos de esa jurisdicción debían tramitar un “carnet de identificación y permanencia”.

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Un acto similar también fue promovido por una municipalidad de Cusco. Todos estos actos contaron con la desaprobación de los órganos del Estado central, y hasta el propio embajador venezolano designado por el presidente interino, Juan Guaidó, manifestó su rechazo. Agregó que no siente “que el Perú sea un país xenófobo o donde haya discriminación”, según una entrevista para el diario El Comercio.

A pesar de todo, a la fecha han sido deportados más de 200 delincuentes e ilegales venezolanos. Esta cifra demuestra que los de mala conducta son una minoría resaltante, a pesar de los esfuerzos de la prensa amarillista (la más vista en el país) por descalificar la migración venezolana.

La xenofobia en Perú la padecen en primera persona muchos de los venezolanos que decidieron emigrar buscando una situación mejor.

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