17 familias quedaron damnificadas –32 niños y 31 adultos– producto de un incendio que consumió la mitad del barrio El Derrumbe. Al parecer la causa fue una vela encendida que redujo a cenizas 17 casas.

Caracas. Desde la carretera Turumo-Petare se ve un cerro reducido a cenizas y a muchas personas –desde la ladera– observando la calamidad que dejó en la calle a 17 familias.

Una vez que nos internamos en el barrio San Isidro se pierde de vista el panorama de la tragedia. La gente asomada en las ventanas, sentadas en los bordes de las aceras simulan un escenario normal. Pero, cerro arriba están las mujeres, hombres y muchos niños descalzos, con la misma ropa que tenían el sábado en la noche, despeinados, sucios y con los rostros cansados producto de una mala noche, la más larga de sus vidas.

Todo empezó a las 10:00 p. m. del sábado 16 de febrero. La zona conocida como El Derrumbe estaba sin luz. Aproximadamente dos horas llevaban los vecinos en penumbra.

En uno de los ranchos de zinc, un niño de ocho años se alumbraba con una vela.

Eso es lo que se cuenta en la calle y lo que también repitió el director de Protector Civil-Sucre, comisario Elio Salazar.

La vela se cayó, se propagó su llama y el pequeño –que al parecer estaba solo– salió despavorido.

Fueron unos segundo nada más y el incendio se apoderó del barrio.

De inmediato todos salieron en carreras. Cargaron a los niños, esa fue la prioridad. El instinto de supervivencia. Nadie volteó a recoger una cédula, a sacar un televisor. Todos salieron a la calle, tratando de entender lo que ocurría.

“Si nos regresábamos a buscar algo de las casas, nos moríamos. Lo primero era poner a salvo a los niños. Eso fue muy rápido”, dijo Andry Guzmán, una joven mujer parte del proyecto Madres Nodrizas que tiene 10 años viviendo en el sector.

Ella, su esposo, sus cuatro hijos, su mamá y su hermana con su familia, hoy están en la calle. Les tocó dormir el domingo en la casa de la suegra.

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Una de sus niñas tiene un pie quemado. No lo sabía hasta este lunes que la detalló. La niña, a pesar de la angustia, del desorden, de la humareda, no da trabajo, no se queja. Por eso su mamá, pendiente de lo que van a comer, del agua, de la casa, no se dio cuenta a tiempo. La emergencia aún los tiene atónitos.

Esperan la ayuda

El alcalde de Sucre, José Vicente Rangel Ávalos, fue a la zona el domingo pasado a mediodía. Él y su gabinete les ofrecieron solución. Les hablaron de un edificio en la Lebrúm. Sin embargo, no se quieren ir a refugios.

“Temo por mis hijas, he escuchado muchos cuentos de abuso sexual”, comentó Guzmán.

Son 17 familias en total las que quedaron damnificadas –32 niños y 31 adultos– según María Bencomo, trabajadora comunitaria del municipio Sucre.

Este lunes los pequeños correteaban por la calle. Un grupo de Somos Venezuela los entretenía con actividades recreativas. Otros saltaban entre los escombros, sobre las tablas carcomidas por el fuego y en medio de uno que otro perro quemado.

Mientras daban vueltas y jugueteaban, los adultos se debatían en ideales políticos. Guzmán quería la ayuda “venga de donde venga”; pero Richard, otro de los afectados no quería habar con los medios, no quería aparecer en las redes sociales y rechazaba en un principio la ayuda que ofreció la organización Alimenta la Solidaridad. Incluso entre su grupo se coló la frase “Guaidó que se vaya con su ayuda para otro lado”.

Una situación absurda, cuando lo que estaba por llegar de parte de esa fundación eran colchones, comida, ropa y medicinas.

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Los voceros de la agrupación, que llegaron sin identificación política, negociaron y lograron que una comisión fuera a ver las camionetas donde estaban los insumos objeto de la donación.

Así fue que Richard bajó la guardia, pero exigió que no les sacaran fotos ni publicaran por las redes sociales que estaban recibiendo esa colaboración.

Tampoco dejaron que los voluntarios de medicina desarrollaran el operativo asistencial en el sitio.

Los estudiantes y el grupo de médicos se refugiaron en la Casa de la Juventud, donde desde ayer tienen albergadas a 11 personas, quienes están siendo beneficiadas con ropa, agua, comida, colchones y medicinas.

Uno de ellos era Leomar Urbina, quien aceptó bajar del cerro y quedarse en resguardo. “Lo hice por mis dos hijos, no los puedo tener en la intemperie. La emergencia no tiene color político, incluso se rumoreaba que, si aceptaba esto, perdía los beneficios que da el gobierno en el barrio. Eso no me parece, aunque sea un rumor. Eso no es justo porque esta es una tragedia”.

Urbina sabe que perderá como mínimo una semana de trabajo. No tiene ni zapatos para ir a la constructora, “pero tengo que velar por mis hijos y por mi esposa que tiene un ataque de asma”.

El sector El Derrumbe debe su nombre precisamente a que es una zona de alto riesgo. De acuerdo con la concejal María Marrugo ya ese espacio había sido desalojado por la vulnerabilidad. “A mucha gente se le dio solución y regresaron al barrio. De nuevo atenderemos los casos”.

Dijo que iniciarán el censo pormenorizado no solo de las 17 familias, sino de los que están en la inyección del barrio, ya afectado por frecuentes deslizamientos y por severas filtraciones de agua.

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Este lunes, luego del mediodía el movimiento de la policía motorizada abría camino a la llegada del alcalde Rangel Ávalos.

Mandaron a despejar las tablas de los ranchos que fueron tiradas en la vía, para colocar una clínica móvil.

Pasada la 1:00 p. m. no había llegado el alcalde a El Derrumbe, comunidad donde los problemas no salieron a la luz por el incendio, pues ahí los vecinos arrastran un rosario de penas: no hay transporte, no recogen la basura, el agua tarda en llegar hasta un mes, hay epidemias que atacan a los niños y la mayoría de la población está desempleada.

Mirian Bravo, quien solo perdió los pipotes donde almacena el agua, llamó al final a la conciencia de sus vecinos: “No puede haber tinte político cuando lo que se necesita es una mano solidaria y apoyo. Lo dijo luego de ver la disputa generada por quién daba o no las ayudas, en medio de una tragedia que no enlutó familias, pero que las dejó en la calle, y por ahora roba los sueños de muchas mujeres y hombres, sin contar los días que los niños pasarán sin ir a las escuelas y recordando el color y olor de las llamas que consumieron sus mascotas, televisores y camas.

Fotos: Gleybert Asencio

Video: Mabel Sarmiento Garmendia


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