Tras el enfrentamiento entre funcionarios y antisociales, la tarde del viernes pasado, los vecinos salieron a la calle a tomar como si nada hubiese pasado

Yohana Marra/@yohanamarra

Caracas. Las bodegas bajaron su santamaría, en las casas -a puerta cerrada- no se escuchaba ni una mosca, la soledad era la reina del momento y los vecinos de la Cota 905 se tardaron horas para poder llegar a su casa, después del enfrentamiento entre funcionarios y antisociales que se registró la tarde del viernes pasado. Horas más tarde todos en el barrio estaban como si nada.

“Yo había salido del trabajo y cuando iba en la camionetica, a la altura de El Pinar, mi mamá me llamó para avisarme que había un tiroteo con explosión de granadas incluidas. Me dio una crisis de nervios, no quería ni caminar del susto de tan solo pensar en mis dos hijas”, contó una habitante del barrio El Naranjal, quien por seguridad no se identificó.

Para poder llegar a casa de su mamá a buscar a su hija menor, de un añito, tuvo que entrar por el otro lado del barrio, después de las 6:00 pm, cuando ya la situación comenzaba a calmarse. Aprovechó la compañía de otros vecinos que comenzaron a subir a paso apurado.

“Todos los días subo 550 escaleras para llegar a donde vive mi mamá. Ese viernes me paré una sola vez a descansar y fue mucho, en menos de 10 minutos ya había llegado”, relató reviviendo la mala experiencia de hace una semana.

Mientras la muchacha corría por las escaleras, barrio arriba, percibió la zozobra, el nerviosismo y la tensión entre la gente, que al igual que ella apuraron el paso en medio de esa soledad por miedo de que se fuese a formar otro tiroteo.

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Al encontrarse por fin en casa de su mamá se tranquilizó un poco. Sin embargo, esperó que fueran las 10:00 pm para salir e irse a su vivienda, mucho más abajo. Esta vez no hubo temor, pues ya la gente estaba como si no hubiesen explotado dos granadas o por largo rato se enfrentaran policías y malandros.

“Todo había vuelto a la normalidad, después del tiroteo ya la gente estaba oyendo música abajo en la entrada del sector donde vivo. Los vecinos siguieron normal, ya uno está acostumbrado a que se maten y después salir a tomarse su cerveza, se siente el alboroto”, detalló con bastante naturalidad.

Agregó que pese a que ella se ha acostumbrado a vivir en ese clima de violencia, le preocupa la seguridad de sus dos hijas, pues tienen miedo de que en algún momento se forme una plomazón y alguna de ellas esté caminando por la calle o jugando en una cancha.

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