Hay comedores, 6 de cada 10, que cocinan con leña. Otros 150 están por cerrar porque ya no les llegarán las donaciones. Aún así, mantienen extendido el brazo solidario. Los platos que sirven son el primer y quizás único bocado de muchos niños de bajos recursos.

Caracas. En la carretera vieja Caracas-La Guaira el único comedor que hay es el de Alimenta la Solidaridad. En Cochecito, también en el municipio Libertador, está uno de la organización Ciudadanía sin Límites; en El Valle, en Altagracia y San Martín hay unos en manos de las monjas; en Santa Rosalía la comunidad organizada mantiene otra mesa solidaria, y así se han regado por todo el país los brazos de ayuda para mitigar el hambre. Todos administrados y mantenidos por terceros, ninguno dependiendo del Estado. Sobreviven en medio de la pandemia.

Son innumerables las experiencias comunitarias e individuales que están ayudando con un plato de comida. Alimentos que quizá no resuelven por completo el tema del hambre, pero que por lo menos mitigan los estragos causados por la falta de nutrientes.

El hambre en el contexto

Venezuela sufre una crisis que tiene severo impacto en la salud y en la alimentación. En este contexto, 26,1 millones de personas están afectadas por la emergencia humanitaria compleja (91,4 % de la población) debido a las dificultades para acceder a los alimentos y otros servicios básicos. Muchos ciudadanos sobreviven en medio de la pandemia.

De esta población, 17,5 millones de personas (61,3 %) han perdido medios de vida, incluyendo activos, recursos y actividades económicas para ganarse la vida, según el Informe nacional de seguimiento a la Emergencia Humanitaria Compleja en Venezuela presentado en marzo de este año, justo al inicio de la pandemia, por HumVenezuela.

Estas circunstancias de desventaja social y económica —se lee en el mismo informe— se manifestaron en 30 % de desnutrición crónica en menores de 5 años, expresada en el retardo del crecimiento que mide el indicador talla para la edad.

Igualmente, las variaciones en alza de los déficits nutricionales observados en evaluaciones, estudios y proyecciones desde 2016 y 2017 hasta 2019, muestran que la desnutrición aguda global (GAM) pudo haber alcanzado 23,9 % en menores de 5 años en el ámbito nacional, afectando en mayor proporción a la población entre 0 y 2 años; y que en 2019 se registraron 31 menores de 5 años fallecidos por cada 1000 nacidos vivos y 18,3 muertes de recién nacidos por cada 1000 nacidos vivos, debido también al colapso del sistema sanitario público y la inoperatividad de sus servicios de atención nutricional, de acuerdo con el Observatorio Venezolano de la Salud (OVS).

La malnutrición en embarazadas también superó 50 %, ofreciendo evidencias de que vivir en inseguridad alimentaria afecta particularmente a los grupos más vulnerables, así como la vida, crecimiento y desarrollo de los niños y niñas más pequeños.

Además, hoy en día 52,25 % de los pensionados y jubilados, según una encuesta aplicada por la Intersectorial de Pensionados y Jubilados, no come vegetales ni frutas.

Comedores cuesta arriba

Y todos estos problemas, todas estas cifras y porcentajes, se observan claramente en las comunidades de escasos recursos, donde campea el desempleo, y en las cuales el primer bocado, tal vez el único que hacen en el día los niños en edad escolar, es el plato que pone en sus mesas un comedor solidario.

Pero para estas experiencias el reto no solo es alimentar al que está desvalido, sino sortear las dificultades generadas por el creciente deterioro de la economía y la fragilidad del entorno social, político e institucional del país.

Hablamos no solo de la contracción económica y de la hiperinflación sostenida durante estos tres años que desapareció el salario y afectó los ingresos; sino también del colapso de los servicios públicos que, durante la pandemia, han afectado severamente la calidad de vida del venezolano.

Roberto Patiño, ingeniero de producción y cofundador de Caracas Mi convive y de Alimenta la Solidaridad, dijo que ya tienen 240 comedores en 14 estados del país, y que por la escasez de gas doméstico 6 de cada 10 cocinan con leña.

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Solo en el área metropolitana hay casi una veintena de comedores distribuidos en 11 comunidades de la ciudad, desde que iniciaron el programa en julio de 2016. Y aunque han servido más de 300.000 almuerzos a los niños inscritos en el proyecto en Miranda, Anzoátegui, Lara, Carabobo, Aragua, Portuguesa, Vargas y Mérida, el problema que se les viene encima es por la falta de gas, de agua y electricidad.

Están usando leña, con lo grave que es eso para el ambiente y para la población. Además, la tala y la quema están afectando los suelos. Ya vimos el suceso lamentable ocurrido en El Limón, donde tenemos un comedor. Al tumbar los árboles se debilita la tierra y son propensos a deslaves.

A la par, comentó, tienen dificultades para conseguir las bombonas. Ha tenido reportes de cilindros dañados y de explosiones, situación que aumenta la vulnerabilidad, principalmente de la población infantil.

Sin embargo, el programa no se ha suspendido. Este año comenzaron con 11.000 niños inscritos y para el cierre de año estiman dar comida a 18.000 más.

Durante la pandemia aumentó la demanda. 75 % de nuestros colaboradores nos refieren que en sus comunidades siempre reportan que se quedaron sin empleos y eso hace a los niños más vulnerables, por eso el reto y el esfuerzo es mayor”, comentó.

Flor Pérez, enfermera del J. M. de Los Ríos, es una de las que lleva a sus hijos a un comedor de Alimenta la Solidaridad, ubicado en la carretera vieja Caracas-La Guaira, y es por ese plato diario que ven las proteínas.

“En ese comedor además nos han enseñado a preparar alimentos con más nutrientes y eso ha sido un alivio”, dijo.

Según Patiño, los comedores van acompañados de jornadas de salud, sobre todo con el trabajo antropométrico, para medir la evolución de los infantes. También orientan a la población para que mida talla y peso y haga seguimiento a los casos.

“Y sí hemos tenido impacto”, indicó, al tiempo que contó que hace dos años en una comunidad de la parte alta de la parroquia La Vega, una de las vecinas voluntarias levantó un censo del estado nutricional, «pues pretendíamos poner un comedor y la amenazaron con quitarle la caja Clap».

Su hijo de dos años murió por desnutrición y justo este miércoles 18 cuando estábamos en la zona ya con el comedor abierto la vimos, está embarazada y su otro niño bastante recuperado.

Un amanecer para Baruta

La Red Baruta lideró el proyecto Un amanecer para Baruta cuando la crisis humanitaria empezaba a dar sus pasos. Maru Redondo, directiva de la organización vecinal, dijo que antes el problema del hambre no lo veían de cerca, pero que desde 2015 los casos les llegaron y, como ya había una organización previa con mesas de trabajo en temas de agua y seguridad, dieron inicio a las mesas de salud. “Iniciamos recibiendo y donando medicinas y luego decidimos meternos de lleno con el tema de la desnutrición”.

Escogieron entonces las comunidades La Coromoto y El Rosario, de Las Minas de Baruta, ya con un proyecto debajo del brazo que incluía un estudio socioeconómico y una encuesta de alimentación. Eso fue en 2017. Abordaron a 120 niños y a sus madres.

Ese estudio arrojó datos crueles muy similares a los de la Encovi: 30 % de niños con desnutrición aguda, más o menos el mismo porcentaje con desnutrición crónica y algunos casos irreversibles. Encontraron niños con retardos en el crecimiento; 41 % de las familias no levantaban a sus niños sino hasta el mediodía para saltarse una comida; pequeños con diarrea, hepatitis, problemas respiratorios; solo 71 % consumía grasas, 46 % azúcares y 50 % huevo y leche.

Según Redondo, para ese estudio, que terminó en 2018, solo 25 % de las familias tenía seguridad alimentaria. “Esos resultados se le entregaron a la alcaldía y gracias a una alianza con la Fundación Bengoa se logró que la Unicef entregara alimentos que fuimos donando a las escuelas municipales para que hicieran los almuerzos”.

También lograron tener asistencia médica y enseñaron a las mamás las técnicas de medición antropométrica. Ya para el 2019 lanzan la segunda etapa y consiguen una alianza con la Ayuda Comunitaria del Centro Médico Docente La Trinidad y los niños más desnutridos fueron tratados clínicamente. Ese año iniciaron la atención a la tercera edad, ya con menos recursos.

Pero lo bueno es que la iniciativa se replicó y ahora hay por todo el municipio, incluso hay un médico que armó una especie de geriátrico en Santa Rosa de Lima que hace hasta unas meriendas para que los adultos mayores sociabilicen en medio de la pandemia. También las catequesis de la iglesia la Transfiguración del Señor, en El Cafetal, reciben donaciones de la urbanización y le dan comida a los viejitos que están solos en esa comunidad y sobreviven en medio de la pandemia; no es que a la gente le sobre mucho, se está brindando esa solidaridad.

Peligran las donaciones
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Ciudadanía Sin Límites, a cargo del exconcejal Jesús Armas, tiene siete comedores en las parroquias Coche, el Valle, San Juan, La Pastora, La Vega (dos) y en El Paraíso.

Son 700 niños los que se benefician con este aporte nutricional.

Pero tenemos recursos hasta diciembre, después creo que tenemos que cerrar. Estamos tratando de conseguir apoyo con la ONU y otra organización, pero eso va muy lento”.

De los niños, cuando comenzaron con este trabajo hace dos años, 30 % tenía un cuadro de desnutrición leve. A la fecha solo 3 % tiene esa falla clínica.

Al igual que en los mesones de Alimenta la Solidaridad, ayudan con medicamentos y suplementos nutricionales a los cuadros de salud más comprometidos.

comedores sociales
Foto: José Camacho

En el caso del comedor La Bendición de Las Tres Torres, en la parroquia Coche, que forma parte de Ciudadanía Sin Límites, su coordinadora, Ingrid Rodríguez, comenzó a recaudar donaciones en la comunidad para poder preparar bollitos y dulces para vender. Con ese dinero compra insumos para los almuerzos. “La idea es seguir apoyando y no cerrar. 100 niños dependen de este plato diario y ahora vemos que sus madres también están necesitadas”.

Contar de terceros

Es una angustia para los promotores de estos planes sociales, pero lo es más para las familias que no pueden llenar las despensas. Adriana Aguilera, ex concejal metropolitano, recogió varios testimonios de familias pasando hambre en el sector Las Torres de La Vega, y cuando bajó del cerro dijo que tenía que hacer algo.

Envió cartas y solicitudes a varios políticos, pero las respuestas fueron tardías y nada alentadoras, así que decidió imitar lo que hace la mayoría que quiere ayudar: pedir apoyo por las redes sociales.

Ya le han llegado algunos insumos y durante los próximos días hará entrega de la recolecta. Una labor que se repite en numerosas comunidades y entre muchos héroes anónimos y organizaciones no gubernamentales.

Lo anterior es una muestra pequeña de las experiencias comunitarias que se multiplican. En Petare, llamado el barrio más grande de Latinoamérica, hay varios puntos en San Isidro, en José Félix Ribas, en Caucagüita. En Catia, hay en Casalta, operados por la misma comunidad. En El Valle, como se informa al principio, hay varias organizaciones civiles, también está la red de Fe y Alegría e instituciones religiosas como la iglesia Santa Capilla, La Milagrosa, o experiencias individuales de mujeres que decidieron dar comida a cinco o seis niños, como ocurre en Baruta.

Del Estado, específicamente los dependientes del Instituto Nacional de Nutrición, que transformó los comedores populares en centros de dietética socialista, abundan pocos en Caracas.

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Para mayo de este año, el gobierno que administra Nicolás Maduro hablaba de tres centros de producción ubicados en el Hotel Alba Caracas, comedor hotel popular Olga Luzardo y Hotel President, donde se estaban haciendo 4968 comidas diarias. Mucho menos de la cobertura que tienen los comedores de Alimenta la Solidaridad, por citar un caso.

Igual, tienen escuelas pilotos donde dan almuerzos a los estudiantes, adultos mayores y personas con discapacidad, pero la calidad nutricional dista de los parámetros mundiales: son bajos en hierro, calorías y proteicos.

Pero no se trata solo de visibilizar las cifras del hambre y su contexto, sino también a las organizaciones que, con su trabajo de hormiguita, procuran ayudar para que el venezolano tenga mejor calidad nutricional. Para quienes requieran ayuda o estén interesados en colaborar, enumeramos algunas instituciones:

  • Cania: El Centro de Atención Nutricional infantil y al adolescente brinda orientación sobre la malnutrición, dirigida a los niños y adolescentes menores de 18 años que presentan deficiencia calórico-proteica, y a embarazadas. Trabajan haciendo una evaluación interdisciplinaria. Entre 2017 y 2018 atendieron en consultas individuales a 3108 personas, realizaron 19.895 exámenes de laboratorio y radiodiagnósticos, 933 actividades grupales, 4742 consultas ambulatorias, atendieron a 903 niños y representantes en seminternados; para un total de atención durante ese lapo de 5195 niños, adolescentes y embarazadas con malnutrición. Este centro está ubicado en la calle El Algodonal cruce con avenida intercomunal de Antímano. Teléfono: 0212-4714848.
  • Cáritas: Es una institución sin fines de lucro de promoción y asistencia de la iglesia católica, con enfoque en los servicios comunitarios de forma cercana. Tiene programas de salud integral, promoción humanitaria, de gestión de riesgo y ambiente, de movilidad humana, de justicia y paz, de ayuda humanitaria, penitenciaría. Hoy en día son 412 Cáritas parroquiales y 30 Diocesanas en todo el país. Esta organización lleva la batuta de los estudios sobre nutrición y desnutrición. Entre mayo y junio entregaron 800 kits de alimentos en cada diócesis, más de 20.000 litros de alimentos al final de la jornada.
  • Fundación Bengoa: La Fundación José María Bengoa para la alimentación y nutrición es una organización social sin fines de lucro, de acción pública, creada en el año 2000 por profesionales, investigadores y científicos venezolanos que promueven y desarrollan estrategias y acciones para mejorar la alimentación y nutrición de los venezolanos, en especial los grupos más vulnerables de la población: niños y mujeres. Está para construir respuestas colectivas de acción contra el hambre y la desnutrición, para enfrentar con las comunidades las consecuencias de la crisis en la alimentación y para apoyar la formación y actualización en alimentación y nutrición de profesionales, docentes, organizaciones sociales y comunidades. Hace monitoreo del estado nutricional de los venezolanos e informa a los organismos competentes y a la colectividad la presencia de síntomas de alerta. En su página web fundacionbengoa.org tiene programa nutricional de apoyo a las familias.
  • Mi Gota de Leche (programa de lactancia materna del J. M. de Los Ríos): en Venezuela existen varias organizaciones públicas y privadas, que trabajan arduamente en la promoción, protección y apoyo a la lactancia natural, fomentando esta práctica entre la población, entre ellas se destaca Mi Gota de leche, fundada en febrero de 2002, que constituye un servicio especializado de asistencia, promoción y de capacitación en lactancia materna, dirigido por la doctora Evelyn Mercedes Niño, médico-pediatra y gastroenteróloga, quien desde 1990 ha venido trabajando en la asistencia de los infantes con trastornos nutricionales y quien desde el año 2000 se ha dedicado activamente y casi de forma exclusiva a la Consultoría en Clínica de Lactancia Materna. Este servicio está cerrado debido a la pandemia.

Para leer las otras entregas de este seriado haz clic en:

La desnutrición en Venezuela se remontó a niveles que no se veían desde 2017 (I)

Cuando comer depende de la solidaridad (II)

Ya no hay sobras de comida (III)


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