Salir antes tiempo de la labor docente es una “renuncia obligada” en Venezuela. La frustración por no ejercer la profesión va ganando terreno entre los maestros que voltean a mirar hacia otras actividades que medianamente les permitan sobrevivir a la hiperinflación. “No ha ocurrido una pérdida súbita de vocación de decena de miles de educadores, lo que sí ha ocurrido es un tratamiento peor que el de la esclavitud”, asegura Leonardo Carvajal, doctor en Educación.

Caracas. Este fin de semana el profesor Martín Mendoza tendrá una entrevista de trabajo en un hotel. Hay la posibilidad de que obtenga la vacante como recepcionista. También dejó su currículum en un supermercado. Insiste, una y otra vez, en que su vocación está intacta, la misma de cuando decidió estudiar Educación Física en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador. 

Al graduarse, hace más de una década, las expectativas se hicieron realidad. Recuerda el buen mercado de los fines de semana, “llenaba el carrito”, dice, también caminar por el centro comercial, ver tiendas: “Me compraba mi franela y no era una preocupación si tenía comida en la casa”.

Mendoza vive en Altagracia de Orituco, estado Guárico. Es un profesor de Educación Física de 43 años de edad que trabaja en el Liceo Nacional Andrés Bello. Ya tiene 10 años de servicio. En ese tiempo ha visto, dice, cómo todo se ha desvanecido: Tengo que abandonar la educación, gano 2,5 dólares al mes. No tengo zapatos, ropa. Estoy acabado.

En cuarentena, para sobrevivir, el mayor esfuerzo de Mendoza no ha estado puesto en las teleclases o en la educación a distancia. A punta de machete, cortó 20 hectáreas  de cují para limpiar un potrero en una finca. Como era novato, demoró casi un mes. Por hectárea, le pagaron 1.500.000 bolívares. 

“Es un árbol que tiene espinas, las manos no las aguantaba, no podía cerrarlas del dolor. No estudié cuatro años para cortar monte, matas de cují; estudié para educar y formar ciudadanos. Pero la misma situación obliga a tomar esas decisiones. Yo tengo que llevar el sustento a mi hogar, eso fue lo primero que se presentó y la tomé junto con otro colega –cuenta Mendoza–.  En las noches nos veíamos cansados, en un chinchorro, esperando cobrar esa semana, llevar el dinero a la casa e irnos otra vez al monte”. 

Mendoza tiene una lista de las cosas que debe olvidarse porque ya no las puede comprar o no tiene acceso, menciona algunas: mayonesa, salsa de tomate, comerse una pizza en la calle, comprar galletas, pedir un crédito para una casa, atender su salud en una clínica, ir a la playa: “Nos cambiaron la vida. Hoy día solo pienso en cómo vamos a comer mañana. Uno se pone nostálgico recordando que un día un maestro en Venezuela pudo darse muchos lujos”. 

Los amigos colegas de Mendoza están vendiendo helados en el terminal de pasajeros del pueblo o chucherías en sus casas. A los maestros les adeudan 280 % de aumento salarial desde 2019, estipulado en la contratación colectiva, perdieron beneficios como seguro funerario y póliza de HCM. Con la educación a distancia, no tienen las condiciones para ofrecer clases por Internet y otras plataformas. 

Son renuncias obligadas. Los docentes con una mano sostienen un salario de menos de 5 dólares al mes y con la otra tratan de llegarle a una canasta básica calculada en 234 dólares, según el Observatorio Venezolano de Finanzas. 

Estas renuncias no se dan porque consigan un cargo mayor dentro del sistema educativo que le beneficie, sino porque las cuatro lochas no le resultan. Ni siquiera renunciando y buscando otro trabajo, mejoran su condición de vida, advierte Raquel Figueroa, coordinadora de la Unidad Democrática del Sector Educativo. 

El Ministerio de Educación reconoce una caída en la cantidad de la planta profesoral: entre los años escolares 2016-2017 y 2017-2018 hubo una salida de 36.465 maestros. Después de un vacío informativo de tres años, estos datos fueron publicados por el Instituto Nacional de Estadísticas en 2019. Figueroa también apunta que, en comparación con 2015, hay una disminución de 50 % de docentes titulares: “Por el contrario, hay un aumento de docentes no graduados. En 2015 eran aproximadamente 14.000, ya finalizando 2019 se llegó a 38.000”. 

Volver a la época colonial

La frustración va ganando terreno entre los maestros, piensa Leonardo Carvajal, doctor en Educación y profesor universitario, al no poder desempeñar su vocación y profesión de manera decente. Estima que 50 % de los docentes continúan dando clases, pero lo hacen combinando la actividad con otros oficios, como hacer tortas. 

Esto le hace recordar la época de la Colonia a Carvajal, cuando había 13 escuelas en Caracas: dos oficiales; la del Cabildo y la Catedral, y 11 eran “improvisadas”. Cuenta Carvajal que las escuelas serias eran la del Cabildo, que tenía como maestro a Simón Rodríguez, y la Catedral, a los sacerdotes. Enseñaban las primeras letras, a leer, sumar, un poco de geografía e historia. 

Las otras 11 eran escuelas de peluqueros, herreros, talabarteros, vitraleros, personas que tenían un oficio, entonces, entre cliente y cliente, cuenta Carvajal, enseñaban a los niños a leer y a escribir. “Lo hacían de una manera rudimentaria, intuitiva, empírica, casi todo era de memoria, con libros de viejo. Esas escuelas las criticó fuertemente Simón Rodríguez en su primer escrito”, dice Carvajal. 

Es paradójico, piensa Carvajal: “Pareciera ahora que el destino del maestro venezolano es trabajar en los oficios más diversos mientras dure esta terrible hiperinflación, aunque tenga su profesión. Antes, en la Colonia, la gente de los oficios más diversos, como herreros, talabarteros, vitraleros, esos personajes eran los que enseñaban. Ahora los que enseñan, se tienen que refugiar en sobrevivir en cualquier tipo de oficios que puedan desempeñar”. 

Y agrega: “No ha ocurrido una pérdida súbita de vocación de decena de miles de educadores, lo que sí ha ocurrido es un tratamiento peor que el de la esclavitud”. Dice que cuando en Venezuela había esclavos, hasta 1854, estos no recibían un pago en dinero, pero sí viviendas y alimentación que les daban los amos. “Ahora Aristóbulo Istúriz le pide a un docente que trabaje y no le garantiza alimentación desde el punto de vista salarial, ni siquiera para tres días”, sostiene.

Ver a los maestros y profesores dedicarse a otras actividades comerciales y declinar de la labor docente, en ocasiones, para Carlos Calatrava, director de la Escuela de Educación de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), “hace ver que hay una intención revelada y explícita del gran empleador, Ministerio de Educación, de apostar y decidir en favor del derrumbe del sistema educativo”.

Los maestros son parte del 96, 2 % de la población que está en pobreza por ingresos, según el estudio de la Encovi de 2019. “El sueldo del educador no da para un día de alimentación ni para él ni su familia, un buen número hace de peluquera, chofer, plomero. Entienden hacia dónde va el trabajo de la escuela y la decisión obvia del Ministerio, pero están convertidos en una suerte de bastión de lucha y resistencia. El asunto es que esta se va resistiendo cuando dolarizas los precios y no el salario”, asegura Calatrava. 

Foto referencial: Luis Morillo

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