Profesionales zulianos desempolvan viejos oficios para sobrevivir a la pandemia

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Coser zapatos, confeccionar tapabocas o vender artículos por redes sociales son algunos de los oficios que los zulianos han adoptado para sobrevivir a las restricciones de la cuarentena por COVID-19. La inflación y el cierre del mercado más grande de la ciudad trajeron el trueque como forma de pago.

Maracaibo. Todo se detuvo. La cuarentena estricta obligó a los sectores no priorizados a suspender sus actividades laborales y con ello la mayoría de los profesionales dejaron su lugar de trabajo. En el Zulia reinventarse es cuestión de sobrevivencia para garantizar el pan en la mesa.

Irio Castillo, un profesor de Educación Física, reconoce que la situación actual de los docentes es especialmente dramática por la pandemia: “En el colegio me dijeron: ‘Váyase para su casa, no venga más’. Eso fue muy drástico, nadie se lo esperaba y menos que estaríamos así tanto tiempo”.

Con el paso de los días y las precariedades acentuándose en casa, tuvo que buscar un oficio que lo ayudara a paliar el hambre: la reparación de calzado.

Fotos: José Núñez

Hace dos años Castillo comenzó en su escuela un proyecto llamado Aprendiendo zapatería escolar. Enseñó a los estudiantes de primaria a coser su propio calzado, como una asignatura libre en la que los chamos podían invertir sus horas de esparcimiento.

El profesor de Educación Física tiene un salario de 1,2 millones de bolívares mensuales, calculado en divisas por el mercado paralelo es el equivalente a menos de cinco dólares.

Tenemos un salario pulverizado. El docente en Venezuela está en condiciones de hambruna. Estamos siendo vejados. Aquí todos los profesionales son mal pagados.

Desde el 16 de marzo, la llegada de la pandemia a Venezuela obligó a las escuelas en todo el país a continuar el proceso de educación a distancia. Esta decisión del gobierno nacional tomó por sorpresa a los docentes, quienes no se imaginaban que el año escolar concluiría de la misma manera.

Reparar zapatos se convirtió en el sustento familiar de Castillo. Cose un par a cambio de un kilo de alimento o verduras que le sirvan para un guiso, pero hay quienes le ofrecen mangos por sus servicios a lo que admite: “Es imposible negarse”.

Dijo que le ha tocado reinventarse: “Lo malo es que cerraron Las Pulgas y ahí compraba el hilo, como no me puedo detener, descoso los zapatos que tenía de encargos viejos y con ese hilo coso los que me traen para poder comer y resolver la urgencia de la gente”.

El maestro baja la mirada, respira y dice con orgullo: “Esto no solo me está dando de comer a mí, tengo alumnas que pusieron un cartelito en el edificio y también se ayudan cosiendo ahorita”.

Gualberto Más y Rubí, presidente del Sindicato Unido de Maestros (Suma), dijo que solo 39 % de los alumnos de Zulia pudieron conectarse a las actividades de contingencia, es decir, que de más de 70.000 estudiantes apenas 27.000 lograron el objetivo. “El resto se nos queda en el camino”.

Sortear la parálisis económica

Castillo confesó que su hijo mayor enviaba mensualmente desde Chile una remesa de 30 dólares para ayudarlo a comprar el hilo para sus alumnos, pero desde que comenzó la pandemia se apretó la situación.

“Si no fuera por mi hijo; mi esposa, mi hija y yo nos estaríamos muriendo de hambre. Ahora solo nos envía 20 dólares semanales para la comida porque allá la cosa también está dura”.

Como zapatero gana 10 veces más de lo que le pagan como docente. “Comemos dos veces al día, de vez en cuando comemos pollo, pero la mayoría de las veces es arepa, huevo, mantequilla, mortadela y pasta con una salsita. El queso desapareció. Lastimosamente no aguantamos esta pela, pero le pido a Dios que no me mande la muerte todavía, porque quiero ayudar a mis hermanos”.

Fotos: José Núñez

La parálisis económica de Venezuela por COVID-19 incluye la mayor inflación del mundo 9.585,5 % en 2019 de acuerdo con las cifras que divulgó el Banco Central de Venezuela, el 20 de febrero de este año. Mientras que la Comisión Económica para América Latina y El Caribe (Cepal) publicó el 15 de julio de 2020 que la economía nacional se contraerá 26 % este año.

Sacando provecho de la cuarentena

Mariana Osorio es enfermera en un centro de salud público de Maracaibo. Su quincena es de 520.000 bolívares. Antes de la cuarentena se ayudaba vendiendo porciones de torta a sus compañeros y vecinos de su barrio.

“Cuando nombraron al hospital centinela para atender casos de coronavirus no pude pasar más las tortas por las medidas de seguridad, fue ahí cuando comencé a pensar en algo que sí pudiera vender sin tener problemas, entonces me puse a hacer tapabocas”.

Como madre soltera, la obligación es mayor. “Yo tengo que velar por mi hijo y mi madre. Eso implica no solo la comida sino medicamentos que son muy costosos”. Para Osorio no hay límites y aunque reconoce que su sueldo como enfermera no cubre sus necesidades, su vocación impera.

Comencé a ver que muchos pacientes y hasta compañeros no tenían tapaboca, así que desempolvé mi máquina de coser e hice unos cuantos, para regalar, pero a la gente le gustaron.

Hoy vende semanalmente hasta 50 tapabocas con sus gorros, cada juego cuesta 4 dólares. “Debo reconocer que estoy más tranquila económicamente y aunque estamos hablando de una enfermedad mortal, creo que es obligado reinventarse porque si no, nos morimos de hambre”.

Fotos: José Núñez

El tiempo lo distribuye entre guardias de 72 horas y cosiendo. “El personal de salud está atravesando la peor situación, porque si ya estábamos mal, ahora estamos peor, podemos perder la vida. Sinceramente me da miedo, pero no me puedo ir a casa sabiendo que aquí me necesitan, aunque me paguen una miseria. Aun así, sigo regalando tapabocas, incluso me he aliado con algunas fundaciones, esto es un problema de todos”.

Dianela Parra, presidenta del Colegio de Médicos del estado Zulia, denunció que los profesionales del sistema público de salud cumplen sus horas laborales en medio de serias deficiencias: “No tienen transporte, protección, agua, salas sanitarias ni de descanso, dan la vida y con unos sueldos que son de cuatro a seis dólares mensuales desde el interino hasta el residente”.

En el caso de los especialistas su salario oscila entre ocho o nueve dólares. “Ese es el sueldo de los médicos que tiene el sistema público de salud, lo demás lo ganan si pueden hacer guardia, entonces tendrán un excedente, pero el joven médico que está al frente de las emergencias no llega a seis dólares mensuales”, reconoció Parra.

La pandemia se convierte en impulso

Adriana Quijada es periodista de profesión. Hace un año salió de su último trabajo en un medio impreso regional, porque lo que ganaba no le alcanzaba “ni para un paquete de pañales” para su hija, así que decidió trabajar como community manager, pero el día que comenzó la cuarentena se quedó sin trabajo de nuevo.

“Lo primero que sentí fue miedo de que se acabara la comida, porque el bono que le dan a mi esposo mensual se acaba en cuatro días”.

Montó una tienda improvisada en casa. “Pusimos unas sillas en el frente de la casa y ahí exhibíamos chucherías y artículos de higiene que mami vendía en su cyber, pero que tuvo que cerrar. Una tía le prestó dinero para que comprara comida para vender. Al principio funcionó, pero cuando cerraron Las Pulgas todo se vino abajo porque no había donde surtirse”.

Contactó un viejo proveedor de su época universitaria que vende artículos importados para damas y niños. Armada con su teléfono inteligente comenzó a publicar en sus estados de WhatsApp y redes sociales la mercancía.

El Día de las Madres despegó todo y, gracias a Dios, nos ha ido bien. Yo no le tengo miedo al trabajo, trato de usar mis habilidades con la palabra para convencer a la gente de comprar y me ha resultado, me puedo ganar 100 dólares en 10 días.

La periodista reconoce que la pandemia ha sido un impulso para ella. “Ahora hemos podido comprarle a la niña cosas que antes no podíamos, como unas sandalias, ropa interior que le hacía bastante falta y hasta le dimos regalos por el Día del Niño por primera vez en dos años”.

Fotos: José Núñez / Cortesía

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